
“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente” (Sal 91. 1).
Este es uno de los versículos preferidos de muchísimos cristianos de todos los lugares del mundo. Y es algo realmente especial, único. Es algo que debíamos desear con todas las fuerzas de nuestro corazón, con todo nuestro ser. O como lo dice textualmente la Palabra: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mr 12. 30). Porque sencillamente, Él es digno.
El salmo 91 nos presenta una tras otra, afirmaciones que nos llenan de alegría y fortalecen nuestra esperanza. Ese es uno de los objetivos por los cuales el Señor nos manda a acudir una y otra vez a su Palabra. Las dificultades de la vida diaria nos agotan poco a poco y como que se olvidan las grandes verdades que están ahí, que son realidad, que nada ni nadie podrá perturbar más allá de lo que Dios permita al pueblo, por mucho que el enemigo quiera zarandearnos.
Dios es nuestra esperanza, nuestra fortaleza, nuestra confianza, nuestro libertador, nuestro abrigo, nuestro escudo, nuestra defensa, nuestro sanador. Él es nuestro mejor amigo. En sus manos es donde mejor pudieran estar nuestros asuntos. Es con Él a quien debemos acudir en primer lugar para tratar cualquier situación que se pueda presentar. Él tiene el control de todas las cosas y defenderá nuestra causa.
No es religión, sino relación. Deseamos tener una relación íntima, personal con el Autor de la vida, con el Creador del Universo. No cabe dudas de que es algo realmente grandioso. No hay comparación. El abrigo del Altísimo realmente produce consuelo, confianza, alegría. Su sombra es segura, estable, bendecida.
Que grandioso es habitar
al abrigo del Altísimo
Él es bueno, es bellísimo
buen lugar donde morar
Él es quien te enseña a amar
es fortaleza y confianza
es dueño de la bonanza
que te llena de alegría
bendiciones cada día
y raudales de Esperanza.
Que el Señor te continúe bendiciendo.
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