De nuestro interior pueden brotar ríos de agua viva.

“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn 7. 38).

Esta es otra promesa fiel de nuestro Señor. Jesús no hablaba nunca por hablar. Cada una de sus palabras persiguen el objetivo de edificar a su iglesia, entregarle las armas de las que el pueblo tiene que adueñarse para cada día seguir peleando la buena batalla. Vale la pena creerle a Jesús. Hace unos días comentábamos que el que le cree a Jesús no va a quedar nunca avergonzado. Ahora el Señor dice que el que crea en Él, de su interior correrán ríos de agua viva. De lo más profundo del interior de la persona brotarían ríos de agua viva. Afortunadamente no hay que romperse mucho la cabeza tratando de entender esto. La frase agua viva, que es lo que está prometiendo aquí el Señor, suena al oído casi como medicinal, algo muy bueno, algo muy necesario, algo importante, algo que solamente Dios puede dar. Eso está claro, pero ¿Qué es realmente esta agua viva que puede brotar del interior del creyente? “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él…” (Jn 7. 39). Está hablando hermanos del Espíritu Santo que viene a morar en nosotros. Está hablando hermanos de lo que produce en nosotros el Espíritu Santo. Una adecuada comunión con el Señor puede producir en nosotros ese fluir incesante de agua viva. Un fluir que se traduce en bendición tras bendición.

Del interior del hombre salen las cosas malas que le contaminan. “Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (Mr 7. 20-23). Pero una vez que somos hechos nueva criatura, estas cosas viejas quedan atrás, empiezan a producirse las nuevas, comienza a salir de dentro también lo bueno. Aquello que somos incapaces de producir solos, que únicamente el trabajo de Dios mismo, puede producir en nosotros. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…” (Gal 5. 22.-23). Imagina por un momento, este fruto del Espíritu impactando a las personas que te rodean. Familia, amigos, compañeros, todos impactados por lo que Dios está produciendo en ti. Verdaderos ríos de agua viva que están brotando para saciar la terrible sed que tienen las personas de este mundo.

De nuestro interior pueden brotar ríos de agua viva. ¿Te atreves a creer?

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