Breve sobre la Paz.

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5. 9).

Una congregación necesita recursos financieros, un local donde congregarse, materiales de construcción, instrumentos musicales; por tan solo mencionar unos pocos ejemplos. Desde el punto de vista práctico los pacificadores probablemente sean una de las necesidades más importantes y urgentes que hoy por hoy presenta la iglesia.

La paz es necesaria para poder avanzar, desarrollarse, o crecer. Es algo que tiene una veracidad a toda prueba. Es prácticamente imposible lograr alguna de estas importantes metas si no existe la paz. Es por eso que el enemigo de nuestras almas atentará continuamente en contra de la paz. Intentará a cualquier precio la aparición de conflictos y disturbios entre hermanos, que como bien dice el predicador: Nunca tendrá un vencedor.

En este mismo capítulo el Señor nos muestra algo muy importante y que se ha tratado en otras ocasiones: Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante” (Mt 5. 21-26). El Señor no aprueba en ninguna manera el enojo entre hermanos. Esta debe ser una regla suprema en las mentes de los cristianos. Nótese que el pasaje comienza primero tratando de hermanos a los que de alguna manera están en conflicto, dejando bajo juicio, tan solo por el hecho de enojarse. Pero sigue el Señor subiendo el listón, llamando culpable ante el concilio a quien llame necio al hermano y expuesto al infierno de fuego a la perseverancia en tal actitud expresada en llamar fatuo a su hermano. Otras traducciones lo expresan de esta manera: enojo, insulto, y maldición. Un conflicto agravado en extremo. El Señor llama a la reconciliación, antes de presentar incluso ofrenda ante el altar. Pero es curioso como en el versículo siguiente (25) ya no llama más hermanos a los disgustados sino los llama adversarios y les da una razón muy práctica. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto no vaya a ser que la cuestión deje de ser tan solo entre ellos y una autoridad superior tenga que intervenir. Esta autoridad superior puede ser humana, pero también divina, según sean las implicaciones del conflicto. Siempre es mejor resolver el problema sin que la autoridad superior tenga que intervenir.

Está realmente claro el punto de vista del Señor. Y no debiera ser tan difícil su aplicación si realmente nos quebrantáramos con su Palabra y la pusiéramos por obra. Para eso es necesario un liderazgo eficaz, sólido, responsable, con una credibilidad a toda prueba y un testimonio intachable (Véase los requisitos de obispos y diáconos en las cartas de Pablo a Tito y Timoteo). Nunca el estado de la iglesia va a superar a los líderes. La iglesia es un reflejo de los líderes que tiene. Si en una congregación este tema en bien aplicado por el liderazgo, sin jamás tolerar habladurías de ningún tipo, sobre ningún hermano y mucho menos ser partícipes de ellas, actuando debidamente en cada caso con la disciplina y la justicia de Dios, siendo realmente pacificadores, la bendición de lo alto no se hace esperar. Más adelante seguiremos abordando este tema. Por ahora, otra recomendación del Señor: “Apártese del mal, y haga el bien; Busque la paz, y sígala” (1P 3. 11).  

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