“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1Jn 2. 15-17).
Cuando uno comienza leyendo este pasaje nos salta a la vista, una aparente contradicción. No améis al mundo. Hay un claro mandato del Señor en estas palabras. No améis al mundo. Sin embargo, el mismo Señor nos dice: …de tal manera amó Dios al mundo… ¿Cómo es esto? Dios ama al mundo, pero me dice a mí que no lo ame. Esto parece no tener mucho sentido. También nos dice que Satanás es el príncipe de este mundo y por otro lado que del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan. Dice la Escritura que Jesús no vino para condenar al mundo sino para salvarlo, pero en su oración por los discípulos en el capítulo 17 de Juan Él mismo dice: no ruego por el mundo. Es un término que en determinadas circunstancias trae alguna confusión y en el que muchas veces no se va muy profundo. En ocasiones con toda intensión, porque: ¿verdad que hay cosas buenas en el mundo? ¿verdad que hay cosas bellas? ¿Verdad que hay cosas altamente disfrutables y sumamente útiles? ¿Dónde está el límite que marca la línea entre lo bueno y lo malo en estos casos? Tengo deseos de comerme un arroz con pollo. ¿Es ese un deseo de la carne que debo reprender? Una ama de casa desea una lavadora que le facilite sus labores domésticas, de tal manera que se humanice más su trabajo. ¿Es un deseo condenable? ¿Es algo que no viene de Dios? ¿Nunca has tenido dudas en este sentido? ¿Lo has tenido todo bien claro? ¿Estás seguro?
Es necesario poner en claro muchas cosas. La Biblia, cuando habla del mundo, lo hace con varios sentidos diferentes. Cuando habla del mundo se puede estar refiriendo al universo. Al mundo entero creado por Dios, “los cielos y la tierra creados por sus manos”.Un mundo que no se moverá en tanto su creador reine. Cuando habla del mundo se puede estar refiriendo a la tierra habitada. El evangelio debe ser predicado a todas las naciones, en todo el mundo. El conocimiento de esta tierra habitada o habitable en los tiempos de la biblia era muy limitado, pero a pesar de eso nunca deja de tenerla en cuenta en toda su totalidad. Dios la ha dado entera a la humanidad y los cristianos debemos llevar por todo el mundo el evangelio a toda criatura. Cuando habla del mundo se puede estar refiriendo a una época, un tiempo que es pasajero y breve según el tiempo de Dios. Frases como: el fin del mundo; la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada ni en este siglo ni en el venidero. Cuando habla del mundo se puede estar refiriendo a la humanidad que Dios ama y que desearía salvar. Pasajes como el ya mencionado: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”Es verdaderamente el Salvador del mundo. Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo. Cuando habla del mundo se puede estar refiriendo al mundo pecador y malvado que se aparta de Dios y rechaza su gracia. Pasajes como: Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, … No es sorprendente que la sabiduría de este mundo considere una estupidez al evangelio. No lo entiende ni lo puede entender. Al no aceptar al Salvador se reconoce culpable ante Dios. Ya por estos Jesús no ruega en su oración. El ruega por nosotros llamados a ser luz y sal de este mundo. Llamados a resplandecer en medio de esta generación perversa. Nosotros los cristianos debemos una actitud, frente a este mundo. Una actitud que abarca dos aspectos: El primero es la separación del mundo. De la misma manera que el Señor, no somos del mundo. Debemos apartarnos de las contaminaciones del mundo, huir si es preciso, alejarnos. Nuestra vida, nuestras obras, nos distinguirán del mundo, y nos aborrecerán. El mundo nos aborrecerá de la misma manera que aborreció al Señor porque le mostramos su condición. Esa es una cruda realidad con la que tenemos que vivir. El mundo no te va a premiar porque sirvas a Cristo; y esa es una buena señal de que vas en el camino correcto. Te va a odiar. Si vas en serio te va a odiar. Vas a experimentar aflicciones. Pero confía, porque Cristo venció al mundo. Aquel que está en nosotros es más grande que el que está en el mundo. El que ha nacido de Dios triunfa sobre el mundo por la fe. El segundo aspecto trata sobre nuestro deber para con el mundo. En la oración del Señor, Él decía: No ruego que los quites del mundo sino que los libres del mal. De la misma manera que Él fue enviado, nos envía a nosotros. Sigue orando por la unidad de los creyentes para que el mundo crea. El campo al que son enviados los creyentes es al mundo. Nosotros somos llamados a ser luminares en el mundo. A brillar en medio de las tinieblas.
Ya sé lo que es el mundo. Ya lo entiendo, pero como sé hasta donde llegar. Estoy en el mundo, vivo en el mundo, trabajo en el mundo, me relaciono con el mundo. La mejor respuesta que te puedo dar, porque serían muchos los aspectos; prácticamente todas las áreas de nuestra vida están implicadas aquí: Nuestra conducta, nuestra forma de vestir, las decisiones que tomamos, como servimos al Señor; Todos son un reflejo de la balanza que tiene por un lado a Dios y en el otro al mundo. La mejor respuesta es conocer y comprender el evangelio de Jesucristo, pero más que el evangelio, lo cual es importantísimo, es conocer al autor del evangelio. Conocer al Señor. Entender tu condición. Donde estabas antes de Cristo, como vivías y te sentías antes.
Continuará…
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