“Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Dn 12. 3).
¡Tremendo hermanos! Que promesa más especial de parte del Señor para su pueblo. En el futuro, en el fin de los tiempos, en el momento preciso y por toda la eternidad, hay un galardón especial para los entendidos, para aquellos que conocen al Señor y se han esforzado en buscarle y conocerle cada día más. Para aquellos apasionados del Señor Todopoderoso, aquellos enamorados del Creador de los cielos y de la tierra. Leemos esta promesa y nos dan muchos deseos de conocer a Dios, de estar más cerca de Él, aprender más de Él. Estamos plenamente convencidos de que es muchísimo lo que nos falta por aprender y misterios por descubrir. Somos discípulos, aprendices, estudiantes de Cristo, desde ahora y para siempre. No importa que llevemos 50 años en el evangelio, aun hay un caudal inagotable en el Señor que está al alcance de todos nosotros. No es tan fácil, porque no es un conocimiento que se adquiere por el simple estudio, es un conocimiento que se adquiere por revelación de la Palabra del Señor. Por el estudio de la Palabra y porque el Señor nos da el entendimiento para discernirla, para poder diferenciar lo natural de lo espiritual. Primero hay que desearlo y después hay que quebrantarse. Esos son los dos requisitos fundamentales. En ocasiones escuchamos: Yo quisiera que Dios me hablara. Un entendido, a su manera dio la respuesta hace mucho tiempo: Si quieres que Dios te hable mucho, mucho, mucho. Pues lee la Biblia mucho, mucho, mucho. En la medida en que eso suceda y mezclando debidamente la lectura de la Palabra con la oración, pues escucharemos más y mejor la voz de Dios. Primero hay que desearlo. Cuantas veces la Biblia está en una esquina llenándose de polvo y no la leemos con frecuencia. Dios pudiera hablarnos audiblemente, sin dudas. Pero eso lo hace según su propósito y en su voluntad, cuando Él quiere y como Él quiere. Pero si queremos que nos hable, que nos use, tenemos que ir a la Biblia. Tenemos que estudiar y en la medida que voy estudiando pues quebrantándome con lo que Dios dice.
Por ejemplo, dice La Biblia: “No dejando de congregarnos como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. ¿Qué nos dice el pasaje? A las claras nos dice que es malo dejar de congregarnos y que hay algunos que tienen esa costumbre. O sea, debemos congregarnos todo lo que podamos, exhortar a todo el que podamos para que lo haga y muchísimo más cuando podemos estar seguros de que el día del Señor se acerca y está hoy muchísimo más cerca que cuando el Espíritu inspiró al autor de Hebreos. ¿Qué hacemos muchas veces? Interpretamos el pasaje a nuestra manera. Yo no he dejado de congregarme. Yo vengo bastante a la iglesia. ¿Estás seguro de que esa es la respuesta correcta? Supón que enfermamos y estamos ingresados en un hospital. Justificadamente pero hemos dejado de congregarnos. Nos hemos perdido varias predicaciones y varias enseñanzas del pastor. Hemos dejado de escuchar lo que Dios tenía para nosotros en varias oportunidades. Nos perdimos de reflexionar sobre temas en los que el Señor nos quería hacer reflexionar. Puede que no hayamos perdido la comunión. Seguimos leyendo la Biblia, orando, incluso atendiendo algunas de nuestras responsabilidades, pero sí perdimos los temas que el Señor movió en esos días para nuestra congregación, que es la parte del cuerpo de Cristo donde tenemos nuestra comunión primaria. Puede que parezca insignificante, pero es importante, muy importante. Si interpretamos que congregándonos una vez cada 15 días no estoy dejando de congregarme, pues creemos que estamos bien, que no estamos desobedeciendo el mandato y entonces nada cambiará de nuestra vida. Es cierto que el pasaje no dice cuanto tiempo tiene que pasar o a cuantos servicios no asistir para considerar que tengo por costumbre no congregarme. Pero es evidente que si dejamos de venir con frecuencia, es una costumbre que tengo, sea por la causa que sea. Estoy cansado del trabajo, me duele un poco la cabeza, recién regresé de un viaje. Tenemos la costumbre de no congregarnos. Cuando se escribió la carta a los hebreos, los cristianos se congregaban prácticamente todos los días, en el templo y por las casas. El hecho es que si no nos quebrantamos, pues es como si la Palabra rebotara en nosotros y no surtiera efecto alguno sobre nuestra vida. No porque no sea poderosa, que lo es, sino porque decidimos no quebrantarnos, buscamos opciones, salidas, atajos para justificarnos. Como consecuencia de esto hay muchísimas áreas de nuestra vida que no rendimos al Señor y experimentaremos entonces una y otra vez situaciones semejantes y no nos damos cuenta de que es el Señor tratando con mi vida para llevarme a cumplir su propósito; para llevarme justo donde Él me quiere. Pero como creemos que estamos bien, que no nos falta nada, estamos conformes con nuestra situación y no nos quebrantamos. Yo siempre he sido así. Yo soy así. Yo no voy a cambiar. Mato la Palabra y nos condenamos a no adelantar en el Camino, a no crecer en el Señor.
Continuará…
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