“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16. 13-18).
Este pasaje es clave. Jesús anuncia claramente que la iglesia sería edificada sobre un fundamento. Y ese fundamento es que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Hijo de Dios que se hizo hombre para venir a dar su vida para que tú y yo tengamos esperanza, para que tú y yo seamos reconciliados con Dios por medio del sacrificio de Jesús. El justo dio su vida por los injustos. Jesús dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino es por mí. Los discípulos salieron de Jerusalén con la misión de hacer nuevos discípulos. El mensaje se llevaría hasta lo último de la tierra. Ellos enseñaron sobre la muerte, resurrección y ascensión de Jesús. Ellos enseñaron lo que habían aprendido del Maestro mientras estuvo junto a ellos. Aquellos cristianos se reunían unos con otros, para ellos eso era lo máximo. Se respaldaban en oración, se animaban los unos a los otros y se ayudaban incluso en sus necesidades materiales. Nadie se sentía aislado o solo. Todos eran parte del grupo. La Biblia nos llega a decir que tenían todas las cosas en común.
En un principio no tenían un lugar propio para reunirse, lo hacían en las casas y eso fue muy efectivo porque el evangelio no es de élite, el evangelio es del pueblo, del barrio, de los más humildes, los más necesitados. Aquellos cristianos lograron tal unidad que la expresión que usa la Biblia es unánimes juntos. Porque nacieron edificados sobre el fundamento correcto. La iglesia para nacer tuvo que padecer. En este pasaje ellos supieron por Jesús mismo que Él era el Cristo, el Hijo de Dios, pero ellos fueron entendiendo eso poco a poco. Somos discípulos de Cristo y siempre lo seremos.
¿Quién es Jesús para nosotros? Hoy tenemos más elementos de los que tenían aquellos hombres en el momento en que Jesús les preguntó. Nosotros sabemos de la resurrección del Señor. Nosotros sabemos lo que Él ha hecho en nuestras vidas. Nosotros hemos sentido la esperanza, hemos visto su rescate, hemos experimentado la transformación en nuestras vidas.
Por la obra del Hijo resucitado sabemos que el Dios todopoderoso es nuestro Dios y Padre celestial. Esta verdad, esta sola vedad, debería por si sola impactar nuestras vidas. La mayoría de las personas no entiende realmente el significado de Jesús. No debemos conformarnos con lo que hemos logrado, hemos de seguir creciendo hasta la medida del varón perfecto, a la plenitud de Cristo. Debemos extendernos hacia aquellos que no le conocen que si se les preguntara ¿Quién es Jesús?, no sabrían que contestar. Este es el fundamento sobre el que se edifica la iglesia. Jesús es el fundamento de la iglesia, no hay otro.
Si Jesús es el fundamento se echarán a un lado cuando llegue el momento todos los deseos egoístas que nos vienen producto de nuestra naturaleza humana. No seremos capaces de vivir en armonía si Jesús no es el centro de nuestras vidas. Si Jesús es el centro vivir en armonía es posible y no solo posible sino que es la evidencia mayor de que verdaderamente somos sus discípulos.
Realmente el Señor nos la pone bien difícil. “Un nuevo mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros”. En ocasiones lo mencionamos pero el versículo no termina ahí, dice: “… como yo os he amado”. Antes del Señor Jesús el mandamiento que conocíamos era: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ahora la exhortación es a amar tal y como Él te ha amado a ti. ¿Cómo te ha amado Cristo? Con un amor que sobrepasa todo entendimiento. Tanto que siendo pecadores, que habiendo ofendido a Dios de muchas maneras y muchísimas veces, Cristo murió por nosotros para que tuviéramos vida.
No cabe la menor duda. La iglesia tiene que ser edificada en el fundamento de Cristo Jesús y la clave práctica es el amor.
Amémonos unos a otros. Solo así la iglesia se edificará correctamente según los principios de Jesús. No basta con sentirnos salvos, debemos procurar que nuestras vidas muestren esa clase de amor que es una evidencia genuina de la Salvación. Si no amamos a los demás permanecemos esclavos o muertos espiritualmente. Si no podemos amar, no hemos entrado en la vida que llena y satisface. Es duro, es difícil, a veces puede significar el sacrificio de derechos y privilegios personales por el bien de otros.
El amor es la llave que abre las puertas de una nueva vida. Cuando el amor sincero es la motivación, no hay límites en lo que Dios puede hacer por medio de nosotros. Las familias son sólidas, la iglesia es fuerte y victoriosa, los hermanos se restauran y cada día nos parecemos más a Aquel que un día se hizo hombre y vivió entre nosotros.
¿Quién piensa la gente que es Jesús? ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Qué espera el Señor de la iglesia? Son preguntas que bien vale la pena contestar.
Que el Señor te continúe bendiciendo.
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