“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef 4. 1-16).
Hay una frase latina que ha llegado hasta nuestros días que usted conoce bien: “Divide et impera”. Viene siendo algo así como divide y gobierna, divide y reina. O la variante más conocida: “Divide y vencerás”. Se utiliza para definir una estrategia que persigue mantener bajo control a un territorio o a una población. ¿De que manera? Pues dividiendo y fragmentando el poder de las distintas facciones o grupos existentes, de tal manera que estos no puedan reunirse en pos de un objetivo común. Los romanos la utilizaban ya en los tiempos bíblicos. Estimulaban la desconfianza entre los pueblos a fin de que ellos no pudieran reunirse. La característica típica de esta técnica consiste en alimentar las disputas o controversias que puedan existir. De esa manera se deterioran las relaciones y se crea una dependencia del poder central.
Los romanos con sus ejércitos conquistaban una región; muy rara vez la ocupaban totalmente. Le dejaban de alguna manera tener autonomía, sembraban la discordia, y si alguna ciudad se rebelaba, la aplastaban militarmente. Lo podían hacer porque todas las ciudades vecinas estaban a favor de Roma; y de alguna manera se alegraban de la destrucción de la ciudad que consideraban enemiga, cuando en realidad el verdadero enemigo era Roma.
En la historia moderna los ingleses lo aplicaron en la India. Esta práctica trajo consigo que varios países sigan enemistados en pleno siglo XXI. Las aplicaciones de esta estrategia están bien documentadas por la historia. Es una de las maniobras preferidas por el reino de las tinieblas contra la iglesia. Por eso tú y yo debemos cerrar filas y seguir las pisadas del Cordero de Dios. Pelear las batallas a la manera de Dios. Cada uno de nosotros haciendo lo que tiene que hacer; lo que Dios nos mandó a hacer. Edificándonos los unos a los otros, porque todavía no hemos llegado a la estatura de la plenitud de Cristo. Un cuerpo bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro para recibir el crecimiento que nos edifica en amor.
Un templo cualquiera, o lugar donde se reúne la congregación, cuando lo miramos fríamente, tiene bancos, asientos para las personas sentarse. Tiene ventiladores para combatir el calor. Casi siempre una plataforma para que los de más atrás puedan ver lo que está sucediendo. Ya sean los músicos, o una representación teatral, o el propio predicador. Se dan todas las condiciones para ser un espectador, un puro y simple espectador. Se parece a un teatro, pero no es un teatro. Es un lugar donde nosotros, la iglesia, nos congregamos para juntos adorar, bendecir, exaltar al Rey. Esa es una tarea de todos. Este es un lugar donde podemos experimentar juntos la presencia de Dios. Donde todos podemos salir edificados. No es un lugar para que dos o tres personas hagan y digan todo y los demás observan. Es un lugar donde podemos ejercitar los dones del Espíritu. Ministrarlos a los demás. Es un lugar donde el Espíritu Santo se puede mover y puede darnos conforme a su voluntad: profecía; Palabra de sabiduría; Palabra de ciencia; sanidad a los enfermos; discernimiento de espíritus, lenguas y su interpretación. Esos dones están hoy disponibles para el cuerpo de Cristo. Para usarlos, para ministrarlos a la iglesia. Tú eres importante. Eres un instrumento precioso en las manos de Dios para su Gloria.
Viviendo como el cuerpo que somos. Todos somos edificados. Y somos imparables.
Medita un poco en estas palabras. Que el Señor te continúe bendiciendo.
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