Viviendo como un cuerpo (3)

“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef 4. 1-16).

Yo tengo que ser un instrumento que en las manos del Señor de alguna manera facilite que se cumpla en ti el propósito que Dios tiene. Tú tienes que ser ese instrumento de Dios que de alguna manera ayude a que el propósito de Dios para mí se cumpla. Con paciencia, soportarnos los unos a los otros. Si fuera fácil la Biblia no dijera en muchas oportunidades, “soportaos”. Sufre el agravio si es necesario. Perdona a tu hermano, pasa la página. No se ponga el sol sobre vuestro enojo. Nadie te llama y te dice o te exhorta a que soportes con paciencia una semana de vacaciones en Varadero, en un hotel cinco estrellas y los gastos pagos. Eso no se soporta, eso se disfruta, se pasa bien. Nadie te dice ven a la casa que quiero que soportes con nosotros una comida criolla. Arroz moro, carne de puerco, yuca con mojo, ensalada de aguacates, tomate. Una buena mermelada con queso. ¡Que agravio! ¡Que manera de soportar! ¡Tremendo sacrificio! La comodidad, la tranquilidad, la bonanza económica, eso lo soporta cualquiera. Sin embargo la Escritura nos llama una y otra vez a soportarnos los unos a los otros. Porque en el trayecto hay conflictos, hay roces, hay diversidad de criterios, hay resabios también. Hay una serie de cosas que el Señor quiere cambiar en nuestra vida que todavía están ahí. Para eso somos un cuerpo. La Biblia dice: “los pensamientos son frustrados donde no hay consejo, mas en la multitud de consejeros se afirman”. Yo tengo que estar dispuesto a escuchar lo que Dios dice, lo que los pastores dicen, lo que mis hermanos dicen. Si yo no estoy dispuesto a escuchar un consejo, a quebrantarme si es preciso, a tener en cuenta lo que piensan los demás; estoy muy mal. Debo corregir mi rumbo, debo quebrantarme.
Somos un cuerpo y cada uno de nosotros tiene dones que Dios nos ha dado para ministrarlo a los otros. “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. Solícitos. Esto es importante. Diligentes, cuidadosos, alguien que asume una tarea con el cuidado y la prontitud que ella lleva. Es importante, muy importante la unidad. Debemos esforzarnos por conservarla. Los métodos humanos pueden ayudar, pero la unidad del Espíritu no la puede crear nadie. Ya existe para los que han creído y recibido al Señor. Ahora bien, conservarla solo es posible viviendo de una manera digna del llamamiento que hemos recibido. Se mantiene cuando somos fieles a la verdad y seguimos la dirección del Espíritu Santo. La unidad de la iglesia y la paz que nos ha dado el Señor, son las posesiones contra las que el enemigo está particularmente interesado. No quiere que funcionemos como cuerpo. Quiere que seamos un organismo sin vida, fragmentado, incapaz de trabajar en equipo, constantemente desconfiados, dudando de todo y de todos. Esa es la obra del diablo. Él vino para robar, matar y destruir. Esa ha sido su obra desde el principio. Con el diablo todo es restar y dividir. Con el Señor es sumar y multiplicar.

Continuará…

 

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