Viviendo como un cuerpo (1)

“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef 4. 1-16).

Esta carta de Pablo a los Efesios es sin lugar a dudas una de las cumbres de la Revelación bíblica. Fue escrita aproximadamente en el año 62 nada más y nada menos que desde la cárcel. Pablo estaba preso en Roma. Esta es una característica fundamental que no podemos pasar por alto. ¿Puede un hombre mortal escribir estas palabras maravillosas en un estado de cautiverio? La respuesta es que sí puede, si está lleno de Dios, si está en comunión con Dios. Si tiene una vida de oración, una vida de adorador, de intercambio con el Señor. No hay en esta carta lamentos ni tristeza. Mucha Palabra del Señor.

El apóstol dando una clase magistral de cuidado pastoral. Está preocupado por las iglesias. En su condición, es él el que está enviando consuelo a los hermanos que están lejos y preocupados por él. No sé si usted puede ver la belleza. El que está en prisión es Pablo. Ninguna cárcel es buena. Todo cambia en la prisión. Nada puedes hacer a tu manera. La hora de levantarse, la de acostarse, las comidas, todo cambia, todo presiona. Tal vez en un momento determinado alguien te visita y puedes comer una mejor comida, pero la mayoría de las veces, el nada agraciado menú de la prisión es la única opción existente. Lo cierto es que este hombre en las difíciles condiciones en que se encontraba, no estaba preocupado por eso. No estaba esperando recibir consuelo. Él está enviando consuelo a los hermanos en las iglesias.

En el libro de Los Hechos en el capítulo 16 se nos cuenta como Pablo y Silas fueron encarcelados en Filipos. Pero no fueron encarcelados así como así. La multitud casi les atropelló. Les rasgaron las ropas y los azotaron con varas. Imagínelo un momento: Lo agarran a la fuerza y lo amarran de tal manera que no pueda moverse. Entonces lo comienzan a golpear sin misericordia, mientras se acuerdan. La Biblia dice que después de azotarlos mucho los metieron en la cárcel. ¿Cómo se sentiría una persona normal? Seguramente abatida, angustiada, desprotegida, desilusionada. Eso es lo que le pasaría a una persona normal. Pero para los hijos del reino, aquellos que han sido lavados por la sangre del Cordero y sellados por el Espíritu Santo, es diferente. Ellos se sienten satisfechos de haber sido tenidos por dignos de padecer por causa del Nombre. Cuando llega la media noche encontramos a estos hombres orando y cantando al Señor. Uno pudiera decir que a esos hombres no les han dado la mano de palo más grande de su vida. Pero sí se la dieron, lo que pasa es que en ellos hay algo diferente. Ellos están llenos de Dios. Ellos tienen comunión con Dios. Cuando llega la prueba, ellos bendicen al Señor de la misma manera que cuando todo estaba bien. La fe verdadera es perseverante, lucha, se impone. ¿Cómo es que pueden soportar? ¿Por qué no se rinden? Si Dios es por nosotros, ¿Quién contra nosotros? Dios no puede permanecer impasible y quedarse callado cuando su pueblo le adora a pesar de lo que está sucediendo.

Esta historia termina de una manera increíble. La tierra tembló de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudieron y se les cayeron las cadenas a los presos. Tuvieron nuevamente la oportunidad de testificar del Señor Jesús y darnos una de las frases más esperanzadoras que hayamos podido escuchar: “Cree en Jesucristo y serás salvo tú y tu casa”.

Continuará…

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