“Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto. Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras. Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo. Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hch 26. 9-24).
En este pasaje el apóstol Pablo está presentando su caso ante Herodes Agripa. Cuenta lo que hacía antes de conocer al Señor. Y narra también lo que le sucedió en el camino a Damasco. Indudablemente hay un antes y un después en la vida de Pablo, luego de este encuentro con el Señor. Hay un giro de ciento ochenta grados. Es un cambio total de dirección. No parcial, no poco a poco. Es un cambio total. Probablemente este sea uno de los hechos más trascendentes de la iglesia en todos los tiempos. Fue algo que sacudió a muchísima gente de su tiempo y con una repercusión que llega hasta nuestros días. ¿Cómo se puede pasar de un momento a otro, de ser un perseguidor de los cristianos a alguien dispuesto a dar su vida por Cristo? ¿Cómo puede una persona transformarse de no tener reparo alguno en agarrar a un hombre, llevarlo a la cárcel, castigarlo de tal manera hasta llevarlo al extremo de blasfemar del Nombre, y llegar a ser alguien dispuesto a ir hasta el último rincón de la tierra con el evangelio. Yo sé que sabes quien y qué pueden hacer algo así.
Un hombre queda transformado cuando tiene un encuentro con el Señor. Cuando el Señor te confronta con su Palabra y eres quebrantado. Cuando te importa lo que Dios está diciendo.
No es este el único ejemplo en la Biblia donde un encuentro hace cosas grandiosas. Hay otros más. Uno de ellos es el del profeta Isaías. Isaías tuvo una visión majestuosa. Los serafines daban voces uno al otro diciendo: Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria. Dice que los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Lo primero que le pasa a Isaías es que dice: ¡Ay, estoy muerto, siendo hombre inmundo de labios y que habita en medio de un pueblo de labios inmundos, mis ojos han visto al Rey. Uno de los serafines tocó sus labios con un carbón encendido y le dijo: es quitada tu culpa y limpio tu pecado. Después escucho la voz del Señor que dijo: ¿A quien enviaré? ¿Y quien irá por nosotros? Sucedió entonces la respuesta natural en casos como este. Heme aquí –dijo Isaías- envíame a mí.
Pablo escuchó la voz del Señor: Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? ¿Quién eres Señor? Yo soy Jesús a quien tú persigues. La respuesta de Pablo no se hizo esperar: ¿Qué quieres que yo haga? ¡Aleluya! Eso es tremendo. Emocionante. Envíame a mí y ¿Qué quieres que haga? Lo puedes leer en el capítulo seis del libro de Isaías y en el capítulo nueve del libro de Los Hechos. Ellos no esgrimieron justificaciones de ningún tipo. Todo lo demás pasó a un segundo plano. No puede ser de otra manera. Lo primero, lo más excelente, lo más precioso, lo más maravilloso, lo más increíble, lo más inigualable e inexplicable, lo mejor de lo mejor que le pueda pasar a un ser humano es encontrarse con el Señor.
No hay nada, absolutamente nada, que pueda superar a la realidad del Señor en tu vida. Nada de lo que hoy buscan los hombres. Ni la fama, ni las riquezas, ni los placeres, ni los cargos importantes, ni las posiciones de privilegio, pueden superar a la realidad del Señor en nuestra vida. Te puede faltar todo mientras que Él esté.
Pablo se encontró con el Señor en el camino a Damasco. De ahí en adelante se siguió encontrando con Él. Desarrolló una relación especial con el mejor amigo que podemos tener.
¿Te estás encontrando con el Señor? ¿Tienes una relación especial?
Comentarios recientes