“…presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que decir de vosotros” (Tit 2. 7-8).
Muchas veces se ha predicado y enseñado sobre la importancia del ejemplo personal en cualquier área de nuestra vida; en cualquier tarea; en cualquier responsabilidad que tengamos que asumir. Jesús lo dijo poco antes de ser apresado. Dando una lección maravillosa, lavó los pies de sus discípulos. El Señor y el Maestro se humillaba una vez más. El Autor de la vida se inclinaba a lavar los pies a sus seguidores más cercanos. Les dio el ejemplo, les dejó unas huellas que ellos pudieran seguir.
El Señor dice claramente: Yo te amo. Pero su amor no se quedó en palabras, se mostró de tal manera que el mundo pudiera verlo. Nadie tiene derecho a dudar del amor de Dios. “…el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2. 6-8).
Dios a mí no me ama, pudiera alguien decir. ¿Y la cruz? Pudiéramos sin duda responder. Eso es amor. No es amor aquel que promete pero cuando llega la hora de la verdad se salva a sí mismo y te deja tirado a tu suerte. No es amor en la distancia. Es despojarse de todo y entregarse, al mayor precio posible. Es una perfecta correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace. Esa es la vida del Señor. También debe ser la nuestra.
En estos tiempos, a muchas personas no les interesa el ejemplo personal. Se han acostumbrado a tener una doble vida. Una cosa dicen en público, otras en privado. Únicamente les interesa su propio beneficio y no les importa, ni se cohíben a la hora de actuar en perjuicio de la persona honesta. Afortunadamente Dios sigue sentado en su trono y su Palabra es clara, eficaz y no puede ser quebrantada.
No importa el precio que tengas que pagar. Cumple tu ministerio. Has lo que tienes que hacer. Preséntate siempre cumpliendo con tu deber. Cuando haces lo que debes hacer estás glorificando al Señor y tus acciones hablan a favor de Cristo. Cuando ayudas a un necesitado, tus acciones hablan a favor de Cristo. Cuando enseñas la Palabra con integridad, seriedad, con honestidad, estás glorificando al Señor, tus acciones siguen hablando a favor del hombre de la cruz.
Tu adversario se verá una y otra vez avergonzado. Intentará una y otra vez contra ti, pero una y otra vez el Señor te dará la victoria. Nada encontrará que decir en contra tuya. Puede que desee decir cosas en tu contra, puede que desee acusarte, pero nada malo encontrará que decir de ti porque tú te conduces con integridad. Sigues al Cordero y estás viviendo su vida. Trabajas para la Gloria de Dios y según su propósito.
Sigue adelante y no dejes que nadie te detenga. Cristo está contigo.
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