Vence con el bien el mal

Prácticamente en todas las culturas del mundo; siempre de alguna manera se puede ver ejemplificada vivamente la eterna batalla entre el bien y el mal. No hay prácticamente un solo argumento que no incluya de alguna manera esta lucha. Los clásicos de la literatura, la televisión y el cine, constantemente la usan. Las historietas, aunque en ocasiones no se puede percibir con total claridad quienes son los buenos y quienes son los malos, gira constantemente sobre el superhéroe salvador que derrota al villano de turno. Es así continuamente, en la vida real, en la vida espiritual. El mal nos acecha de una manera peligrosa, y nos tienta.
Es muy tentadora la idea de “Ojo por ojo y diente por diente”. La carne celebra cuando puede desquitarse. A nadie por lo general le gusta quedarse “dao”. Nos gusta ser los últimos en decir algo al respecto. Tener la última palabra. No ser jamás ofendidos, afrentados, burlados, lastimados. Nos sentimos muy mal cuando estas cosas suceden. Nos sentimos increíblemente mal cuando nos pasa, de la mano de alguien de quien no esperamos ni remotamente una acción semejante. Pero sucede, y con bastante frecuencia.
Imagina a ese vecino que sin razón deja de saludarte y vira la cara cuando ve que te vienes acercando. El compañero de trabajo que aspira al mismo puesto que tú, a pesar de que llevas años sacrificándote para lograrlo y dominas el trabajo mejor. El compañero de estudios que quiere obtener mejores resultados académicos, dice ser tu amigo, pero no lo es realmente, siempre está compitiendo, siempre está escondiendo la “última”, no te dice jamás ni siquiera un recado que el profesor dejó para todo el mundo. Algo tan importante como donde buscar la información necesaria para poder salir bien en los exámenes.
El mal acecha, quiere robarte el gozo, quiere robarte la bendición. El mal persigue que estés amargado, desencantado, desmotivado. Normalmente no reaccionamos bien cuando nos hacen daño. A nadie le gusta que afecten sus intereses. A nadie le gusta que siempre sus asuntos y sus problemas pasen a un segundo plano, que los de los demás siempre sean más importantes, actúen como si lo fueran mientras tú, sigues esperando.
Por lo general las personas se alejan de lo que les hiere. Las buenas, las que no buscan revancha porque son buenas personas, se alejan para no volver a ser lastimados. No quieren vengarse ellos mismos, pero se alejan. Desearían ver a esas vidas a más de mil millas de distancia.
Cuando hacemos eso, el mal está ganando. Una fea cicatriz queda evidenciando el daño; mostrando la herida. “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Ro 12. 21). Es la precisa instrucción para nosotros. Mientras estemos en este mundo estaremos rodeados del mal. Un enemigo que no escatima esfuerzos para hacerte caer por cualquier vía.
Pero tú has escuchado las palabras del Señor: “…antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;…”(Mt 5. 39). No te alejes, no permitas que la maldad te impida estar donde debes estar. Unos quieren hacer daño. No lo hagas tú. Unos quieren lastimar. No lo hagas tú. Aprovecha cada oportunidad para servir a los demás, incluso a aquellos que te han lastimado. La maldad no tiene parte ni suerte con los hijos de luz. Brilla con la luz de Cristo, soporta las aflicciones. No devuelvas mal por mal. Lucha por el bien y da la gloria a Dios siempre. El Autor de la vida, El Salvador del mundo está contigo.
“No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”.

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