En los asuntos que Él mandó

“Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2 Tim 4. 5).

Esta es la última de las cartas de Pablo. Está preso una vez más en Roma, en uno de los momentos de mayor persecución de la fe cristiana. Sabe que su ministerio está llegando a su fin. Le espera la muerte. Nada bueno puede venir de los romanos y su emperador.
Nerón era sanguinario y cruel. Nada se podía esperar de un hombre que había llegado al trono por medio del envenenamiento de su propio medio hermano. Nada podía esperar de alguien que fue capaz de mandar a incendiar Roma. Un gran incendio que destruyó prácticamente tres distritos de la ciudad. Para restaurar su reputación culpó a los cristianos. Una de las acusaciones más absurdas e injustas de la historia. ¿Qué interés, motivados por que causa los cristianos habrían prendido fuego a Roma? Otra injusticia más en la historia de este mundo.
La tradición cristiana nos dice que en este período, junto a muchos que sufrieron penas atroces entregaron sus vidas el apóstol Pablo y el apóstol Pedro.
Muchos que hoy consideran que nuestro Señor Jesús fracasó, que no se puede considerar una victoria sufrir una muerte colgado de una cruz, también consideran que vivir una vida sirviendo, sacrificándose de todas las maneras posibles y terminar su vida en una cárcel romana, solo, abandonado, no es una victoria. Afortunadamente, Dios y los hombres no ven las cosas de la misma manera. Jesús tenía que morir en la cruz para ser ese Santo Cordero inmolado que quita el pecado del mundo. Pablo llevaría su ministerio hasta las últimas consecuencias, sabiendo que había peleado la buena batalla y que tenía garantizada la corona de justicia. Sabía que iba a partir y que iba a estar con Cristo lo que sin dudas es muchísimo mejor. Morir en esas condiciones, con esa fe, es una victoria.
Para Pablo, humanamente había llegado lo que nosotros pudiéramos llamar la hora de la verdad. La demostración máxima. La confirmación de su obra y su mensaje.
Nuestra vida cristiana, hermanos, debe ir en ascenso. Nunca conformarnos con lo que tenemos porque podemos estar seguros de que en Cristo hay mucho más. A cada uno de nosotros le llegará como a Pablo la hora de la verdad. Siempre vamos a ser confrontados según sea la etapa de nuestro discipulado en que nos encontremos. Dios siempre sabe donde estamos y lo que se puede esperar de nosotros, pero nosotros no, y Él nos lo muestra. Yo recuerdo que en mis primeros tiempos me daba pena que me vieran con una Biblia en la mano. La hora de la verdad siempre llega en cada etapa de nuestra vida para que podamos crecer.
Pablo iba a ser sacrificado y lo sufrió con valentía porque sabía en quien había creído. Testificó de Jesús hasta el final. Hoy está con el Señor y su vida y su obra son ejemplos dignos de imitar.
En este duro momento de su vida pudo enviarle a Timoteo una carta llena de exhortaciones, enseñanzas precisas, armas valiosas para seguir peleando la buena batalla de la fe. Este solo versículo que leemos hoy, por si solo dice cosas increíbles. Se sobrio en todo. Mantén tu mente clara para que no seas apartado de la sana doctrina. Soporta las aflicciones. Es inevitable que vengan aflicciones. Mientras estemos en este mundo van a haber aflicciones. Pero el Señor venció al mundo y junto a Él estamos nosotros, también vencedores por su causa. Haz obra de evangelista. Una tarea que es para todos nosotros. No para uno o dos escogidos. La gran comisión que nuestro Señor nos dejó es para todos nosotros. Testificar de Jesús es uno de los retos más grandes que tiene la iglesia hoy en día. Llevar el evangelio a toda criatura sigue siendo una prioridad. La más grande de todas. Pero no solo hablar. Pablo decía que su predicación no era de palabras vanas, sino con el poder de Dios. En vano trabajan los edificadores si el Señor no edifica la casa. En vano son las palabras si los hechos no las acompañan. En esto entendemos que juega un papel fundamental la última parte del versículo. Cumple tu ministerio. Una persona escucha el mensaje y cree, pero esta persona necesita entonces aprender a guardar las cosas que Jesús mandó a guardar. Necesita ser edificada. No puede quedarse como un pequeño bebé en Cristo toda la vida. Necesita ser preparada para la obra del ministerio y así comenzar a jugar su rol dentro del cuerpo de Cristo. Testifica siempre de Jesús. Vive a Jesús. Añora a Jesús. La corona de justicia es para todos los que aman su venida y le esperan, velando, fielmente ocupados en los asuntos que Él mandó.

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