Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán

“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal 126. 5).

Esta es una de las promesas más humanamente maravillosas que nos podemos encontrar en la Palabra del Señor. A menudo se les dice a las personas que no conocen a Dios, con la mejor de las intenciones probablemente, que la vida de los cristianos transcurre sobre un lecho de rosas. No es verdad. La vida de los cristianos es dura, difícil. No todo es prosperidad. La prosperidad es buena, pero depende de las circunstancias y de los propósitos de Dios. Una persona puede ser grandemente bendecida por Dios y sin embargo ser pobre económicamente. Pero esto es un tema para otra ocasión. Lo cierto es que las personas que no conocen a Dios, precisamente es eso lo que necesitan hacer: conocerle, aprender a relacionarse con Él, desarrollar una relación de amistad. Si este proceso funciona adecuadamente, nada más importará.

Muchas de las ilustraciones de la Biblia tienen que ver con la agricultura, o utilizan de alguna manera las labores del campo para enseñarnos las verdades o principios fundamentales que necesitamos conocer. Es natural. Los oyentes primarios de la Palabra, podían entender con facilidad de lo que se les estaba hablando. Sembrar, cosechar, eran acciones de la vida diaria. Hoy no es igual, por lo menos, no en nuestro medio.

Hace unos años, al principio de la década del 90, los alimentos y casi todas las cosas alcanzaron precios exorbitantes para la mayoría de los ciudadanos comunes de nuestro país. Unos decidieron emigrar a los Estados Unidos, otros decidieron iniciar un proceso de degradación moral cuyas consecuencias desastrosas aun no es posible del todo cuantificar, a tal extremo que muchos niños y jóvenes no tienen muy claro del todo el significado de la palabra robar. Otros como mis padres optaron por tomar un pedazo de tierra para sembrar frijoles. Fue una época muy dura. Recuerdo que llegaron a un acuerdo con el dueño de una finca para trabajar la tierra a negocio. Trabajábamos y de los resultados había que dejarle al dueño el 25 %. Aquella tierra llevaba muchos años sin trabajarse y estaba literalmente perdida de Marabú. Era un monte. Un monte de espinas que había que entrarle machete en mano y en ocasiones con el hacha. Para poder sembrar allí había que derramar lágrimas, literalmente. Eran las espinas, pero también unas hormigas que los guajiros llaman “muerde y huye”, porque describe bastante bien su comportamiento, sientes la picada y cuando miras el lugar ya no hay nada. Cada vez que dabas un machetazo te caían encima muchos de estos insectos, alborotados por la intromisión en su espacio natural. También estaban las garrapatas. En determinadas épocas podías llegar a la casa con cientos de ellas prendidas en el cuerpo. La picazón, prácticamente insoportable.

La idea de llegar a un lugar y sembrar no es muy tentadora cuando no se disponen de recursos suficientes. El trabajo que hay que pasar hace dudar al más osado. Sin embargo, poco a poco aquella tierra se fue acomodando y comenzó a producir frutos. Frutos que se convirtieron en alimentos para nuestros hogares y en satisfacción de nuestras necesidades económicas. Hubo lágrimas, pero también regocijo. Un regocijo que solamente se puede entender del todo cuando se experimenta, cuando pones tu empeño y puedes recoger los resultados.

El Salmo 126 nos muestra con exactitud esta situación. Nadie puede sentirse a gusto estando cautivo. Únicamente engañado de tal manera que no seas capaz de ver las paredes de la cárcel, como es el caso de las personas sin Cristo, como lo fue en el pasado con todos estos cautivos que llevaron los asirios, los babilonios, los persas; les dejaban trabajar, comerciar, insertarse en su propio mundo, pero el fin era sin dudas que perdieran su identidad. Una bella cárcel donde puedes estar cómodo, pero donde dejas de ser quien eres y no serás nunca quien deberías ser. Cuando tus ojos son abiertos eres libre. Cuando dejas de estar cautivo hay gozo y felicidad. Tu boca se llenará de risa y de alabanzas tu lengua.

Este salmo no solo tiene que ver con la cautividad del pueblo de Dios en la antigüedad. También tiene que ver con la prisión actual en que se encuentra buena parte de la humanidad. Una humanidad que precisa se le siembre la buena semilla. No es fácil sembrar. No es fácil empezar de cero. Preparar el terreno, quitar todo lo que estorba, atender el cultivo una vez que nace. Cuidarlo, regarlo, arrancarle las malas hierbas. Todo un proceso para poder cosechar finalmente. Pero la promesa de Dios está: con regocijo segarán. El campesino promedio nunca está seguro del todo sobre los resultados de su labor. Puede haber sequías prolongadas. Lluvias intensas. Plagas. Tormentas. Un sin fin de variables que pueden dar al traste con el resultado esperado.

La diferencia radica en que por muy difícil que parezca Dios ha prometido el resultado. Con el autor de la vida y sus recursos, por muy enmarañado que parezca, el resultado está seguro: con regocijo segarán.

Debemos animarnos porque Él ha prometido estar con nosotros. Termina el salmo reafirmando lo que nos ha venido diciendo: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”.

Aunque tengas que derramar lágrimas en el camino, vas a recoger con regocijo. Es una promesa del Altísimo.

2 comentarios

  1. Amados amen en el amor de Cristo los saludo sigo sembrando con lagrimas soy una mujer de 50 años toda mi vida fue mas angustia que felicidad mi infancia robada mi matrimoño un fraude pero tengo mis pensamientos y fe en la promesa de mi Señor No ahi justo desamparado …y espero en el tiempo del Señor que esto se cumpla yegara el dia que El contara mis lagrimas una a una y se que me dira Extiende tu tienda hija es el dia que recogeras tu siembra con gozo y alegria !!!amen

  2. Este versículo lo tomo que debo sembrar al mundo con su mensaje y eso tiene que ser mucho sacrificio, tiempo y lágrimas por las circunstancias ….

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