“Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza” (1Ti 4. 13).
Si tienes celos y envidia y pasas buena parte de tu tiempo amargado, sea lo que sea que te haya sucedido, es señal más que evidente de que necesitamos crecer. Puede ser que incluso tengas razón, pero no olvides que tu Padre celestial sigue teniendo el control. Necesitamos más de Dios.
Una de las cosas más importantes que puede tener un cristiano es su testimonio. Un testimonio que hable de Jesús. De quien es Él.
Hay una anécdota sobre Alejandro el grande que nos cuenta como en su ejército había un soldado que tenía fama de cobarde y también se llamaba Alejandro. Se dice que en cierta ocasión el rey le dijo: ¡Cámbiate el nombre o pórtate como un Alejandro! Le deshonraba su actitud. Hermanos, todos los que decimos ser cristianos debemos portarnos como tal. Fieles a Él. Imitándolo, obedeciéndolo. ¿Dónde se ha visto cristianos amargados? ¿Dónde se ha visto cristianos que no hablan de Jesús? ¿Dónde se ha visto cristianos que quieran vivir del trabajo de los demás, sin trabajar? Esas cosas no existen porque Cristo es como una inyección de adrenalina. Te impulsa a hacer cosas. Te anima. Te levanta, no te deja caer. Te alegra la vida a pesar de los problemas. Problemas que nunca serán nada delante del Señor. Necesitamos crecer, necesitamos más de Dios.
“Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza”. Le dijo Pablo a Timoteo y es un consejo muy sabio. Crece y sé un instrumento para el crecimiento de los demás. A eso estamos todos llamados. A sumar, a multiplicar, a edificar. Eso es lo que sucede en una vida cristiana saludable. Es lo que fue sucediendo en este joven a quien Pablo le llegó a llamar: mi hijo amado y fiel en el Señor, y verdadero hijo en la fe. Realmente uno de los gozos más grandes que puede tener un cristiano es cuando las personas que reciben al Señor producto de tu trabajo, comienzan a caminar solos y a seguir los pasos del Señor. Es una alegría increíble, de la que nos privamos cuando no estamos involucrados en los proyectos del Señor.
Cuando Pablo pasó por Listra, Eunice y Loida, la madre y la abuela de Timoteo, recibieron al Señor. Timoteo con ellas también fue ganado para Cristo, y comenzó un proceso en la vida de este joven. Comenzó a crecer. De tal manera fue el crecimiento de este muchacho que en el siguiente viaje de Pablo, los hermanos de Listra se lo recomiendan como un buen cristiano, apto para la obra del Señor. Había crecido y estaba creciendo. El Señor dio profecías sobre Timoteo y los ancianos impusieron las manos sobre él. No hay muchos detalles pero sabemos que fue un colaborador del apóstol. Acompañó a Pablo por Galacia, Troas, Filipos, Tesalónica y Berea. Allí se separaron por un tiempo, por razones del ministerio. Hermanos de Listra a Berea en línea recta hay unos mil kilómetros que ellos no recorrieron en avión, ni en automóvil. Lo hicieron en las difíciles condiciones de su tiempo, con los limitados recursos que poseían. Timoteo sin dudas estaba creciendo. Es bueno, por supuesto, tener un buen mentor. Alguien como Pablo. Eso ayuda mucho. Timoteo debe haberlo aprovechado al máximo. Estuvo con Pablo en Corinto, en Éfeso. Pablo confiaba en él plenamente. Lo podemos comprobar cuando lo envía a los corintios para que corrigiese las cosas mal hechas en que aquellos discípulos estaban incurriendo. En esta carta podemos darnos cuenta de que estaba supervisando la iglesia de Éfeso. Toda una vida dedicada al Señor, a la iglesia, al evangelio.
No se sabe que fue de él. La tradición dice que sufrió el martirio a manos del emperador romano Domiciano. Una vida creciendo en el Señor. En este propio capítulo cuatro aparece una de las exhortaciones más valiosas que se le pueden hacer a un joven: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza”. En ocasiones el joven o el recién convertido no tiene cerca los mejores ejemplos. Se llegan a confundir. A veces no entienden las decisiones. A veces nadie es cristiano en casa. Ante una situación así: Crece. Escucha la voz del Señor, sus consejos. Ponte en las manos de Dios y sé todas estas cosas: ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.
Ahora bien, cualquier tipo de crecimiento, no es obra de ninguno de nosotros. Es obra del Señor. El único que puede hacernos crecer es el Señor. Sembramos, exhortamos, enseñamos, pero el único que puede hacernos crecer es Dios.
Un niño crece y se hace adulto. Dios le hizo crecer, pero se tuvo que alimentar, beber agua, sino muere. Igual pasa con el cristiano. Tiene que alimentarse debidamente para poder crecer. Por eso son las exhortaciones de Pablo. “Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza”. ¿La lectura de qué? De las Escrituras por supuesto. Ellas traen vida y paz, salvación, revelación, solución, capacidad para tomar decisiones. ¿Exhortar de que? A buscar al Señor, aprender de Él, seguir sus pasos. A crecer en el Señor, a vestirnos de toda la armadura de Dios para pelear la buena batalla de la fe. ¿A enseñar que cosa? La Palabra de Dios, las cosas que Jesús mandó que guardáramos. El evangelio. La sana doctrina de los apóstoles. La fe. La esperanza. El amor.
Pablo no está por venir a nosotros. El que está por regresar es el Señor. Que bueno que podamos emplear nuestro tiempo en cosas como estas: la lectura, la exhortación, a tiempo y fuera de tiempo, y la enseñanza. De seguro creceríamos.
Que Dios te continúe bendiciendo.
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