“Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza” (1Ti 4. 13).
Hace unos días escuchaba predicar de un pasaje que usted seguramente ha escuchado muchas veces. Aarón y Hur sosteniendo los brazos de Moisés en alto mientras Josué pelea contra Amalec. Lo he escuchado predicar varias veces. No hacía muchos días que lo había leído. Sin embargo, el Señor me habló. ¡Es tan hermoso! Cada uno haciendo su parte. Aarón y Hur sosteniendo a su líder. Moisés bendiciendo a Josué y al ejército. Josué peleando por su Dios. El Señor dando la victoria. Todo confluyendo hacia un objetivo común. Si no hubiera asistido al servicio me habría perdido la ministración que Dios quería darme, quizás me hubiera quedado en casa tranquilamente, creyendo con ingenuidad que no la necesitaba. El que cree saber algo, dice el Señor, aun no sabe nada como debe saberlo. Yo si sé, yo llevo 50 años en el evangelio. Todavía no sabes nada como debes saberlo. Es Él el que sabe.
De una manera un poco burda: Pasar el arado, la guataca, la grada, es exactamente la misma operación siempre, no hay diferencia. La divergencia está en cuan infectada esté la tierra de las malas hierbas, pero las labores son las mismas. Eso, hermanos es lo mismo que escuchar un mensaje varias veces. La Palabra enviada pretende cultivar tu corazón y el mío de cosas que están creciendo o han crecido que no deberían estar. O bien, dejas al Padre, al Señor, cultivarte, o bien eres rebelde y no darás los frutos esperados. El problema sigue siendo la necesidad de crecer. Debemos crecer en el Señor. Debemos estar cada día más cerca del Señor. Prácticamente todos los días se podría predicar de un pasaje que dice: “…id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Todos los días se podría predicar y estaría totalmente justificado porque es algo que no estamos haciendo. No estamos obedeciendo el mandato del Señor. Pudiéramos decir: Otra vez Mateo 28, versículos 19 y 20. No es para aburrirnos, es para quebrantarnos y girar en la dirección que el Señor nos está indicando. No es para ponernos bravos. La Palabra de Dios suele tener ese efecto porque penetra hasta lo más profundo y discierne las intenciones del corazón. Si estamos predicando el evangelio, anunciando a Cristo, esa Palabra no es para nosotros, pero si no lo estamos haciendo, es una prueba más de que necesitamos crecer.
Hermanos, la iglesia debe rescatar la senda de los primeros cristianos. La vida cristiana se vive, no es un juego. Los primeros cristianos se congregaban todos los días en el templo y por las casas. Tenían hambre de Dios, de buscar al Señor, de tener comunión con Él. Dios cumplía. Estaba con ellos. Se manifestaba, daba orientaciones. Eran cristianos en el templo, pero lo eran también en la casa. Sus familiares se convertían al Señor. “Cree en Jesucristo y serás salvo tú y tu casa”. El que cree en Jesucristo, sigue a Jesús, busca al Señor. El Señor llega a su vida y la transforma. Llega el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Eso lo ven nuestros familiares, ven lo que Dios hace en usted y lo que usted está dispuesto a hacer por Dios.
En ocasiones nuestros familiares no aceptan al Señor por nosotros. Porque no ven en nosotros nada que valga la pena. Lo que ven es a una persona que frecuenta un lugar que le llaman la iglesia, pero por lo demás todo es igual. Te conocen bien y conocen tu cara menos hermosa. Conocen tu vida. La forma en que resuelves tus problemas. Como tratas a los demás. Cuanto estás realmente dispuesto a sacrificar por tu Dios y cuanto de verdad es importante tu Dios para ti. Es posible que les hayas hablado de Jesús en algún momento, pero no es suficiente. Tienen que verlo. Tus palabras y tus hechos tienen que ir de la mano. Si eso no está sucediendo es señal más que evidente de que necesitamos crecer.
Continuará…
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