“Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza” (1Ti 4. 13).
Hoy queremos hablar un poco sobre crecimiento. Es muy extraño encontrarnos a un niño de casi cualquier edad que no quiera crecer. Él sin saber como, de una forma intuitiva, sabe que debe crecer y quisiera hacerlo de una manera mucho más rápida de lo que en realidad sucede. Él sabe que hay muchas cosas que aunque hoy no las pueda entender del todo, le están limitando, le impiden hacer lo que quisiera hacer. Quiere crecer a toda costa, quiere crecer. Y eso es algo muy natural. Crecer es lo más natural que le puede suceder a un organismo vivo. Luego, en ocasiones, producto de las múltiples responsabilidades, las obligaciones que vienen juntamente con el crecimiento, recordamos con nostalgia la época en que éramos niños y todo era mucho más sencillo. Puede ser traumático. Hay personas que no quieren crecer porque les resulta cómoda la vida que llevan. Poca o ninguna responsabilidad. Mucho descanso y otros se ocupan de todas las tareas. Realmente eso es un desastre, porque cuando llega el momento en que esas personas no están, no saben como enfrentar la más pequeña situación de la vida cotidiana. Podemos llegar a pensar que el mundo se nos viene encima, que estamos enfrentando una situación terrible, cuando en realidad se trata de la vida normal. La vida que hay que llevar mientras estemos en esta tierra, en este mundo caído, lleno de dificultades y problemas.
En un organismo vivo, biológicamente hablando, a no ser que haya algún trastorno, es inevitable el crecimiento. Nada puede evitar el aumento de tamaño y el número de las células. El niño se vuelve un adulto. Ha crecido y si no ha pasado por las etapas normales de desarrollo no va a conseguir cumplir con su rol. Es adulto, pero no produce. Es grande, pero no es efectivo. Ni escucha, ni aprende, ni crece emocionalmente hablando. No tiene las armas necesarias para enfrentar la vida.
La vida hermanos es enteramente práctica. La vida no es teórica. La vida es práctica. Crecemos por medio de situaciones a las que nos enfrentamos, por medio de experiencias que nos nutren, nos fortalecen. Seguramente usted en algún momento de su vida ha notado determinadas experiencias que se repiten una y otra vez. Uno llega a decir: otra vez lo mismo. Sucede que no hemos aprendido la lección. Volvemos a repetir exactamente los mismos errores, porque no escuchamos lo que Dios está hablando y no nos quebrantamos con su Palabra. Haber escuchado una y otra vez predicaciones de un mismo pasaje de la Biblia no significa que hayamos aprendido, ni que hayamos sacado de él lo que realmente necesitamos, ni que la aplicación correspondiente a la situación a que nos estemos enfrentando en ese momento sea la misma.
Con la iglesia y los cristianos debe suceder exactamente lo mismo que con todos los organismos vivos y sanos: debe crecer.
Sin Cristo estamos muertos, condenados a causa del pecado. Con Cristo nacemos de nuevo. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas. Comienza un proceso que no se va a detener nunca. Seguimos a Cristo, aprendemos de Él, caminamos con Él, hacemos lo que a Él le agrada. Unidos a Él crecemos y damos frutos en abundancia, que glorifican al Padre. Si no estamos unidos a Jesús no vamos a dar fruto alguno. Lo dijo el Señor: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador”. “…separados de mí nada podéis hacer”. Todo pámpano que lleva fruto, será limpiado para que lleve más fruto.
Continuará…
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