El encuentro de Isaías.

“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije:   ¡Ay de mí!, que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Is 6. 1-8).

Realmente este es un encuentro fascinante. Una visión increíble. El llamamiento de Isaías no es un llamamiento cualquiera. No caben dudas de que fue realmente espectacular, poderoso. Tómese el trabajo de leerlo de nuevo. Una visión celestial, divina. Una visión que puede cambiar la manera de pensar de un hombre. Una visión que puede torcer el rumbo de las cosas.

El libro del profeta Isaías es un libro maravilloso. Ha sido llamado por muchos la Biblia en miniatura, porque tiene 66 capítulos, la misma cantidad de libros de la Biblia; tiene dos divisiones fundamentales, una de 39 capítulos y otra de 27, los mismos libros del antiguo y del nuevo testamento respectivamente. Pero si eso fuera poco el capítulo 40 dice las palabras que usaba Juan el bautista en su ministerio y que da inicio a los evangelios. El capítulo 66 termina hablando de cielos nuevos y tierra nueva tal y como el Apocalipsis. Todo esto casi seguro por casualidad. No hay intervención divina alguna.

Este libro tiene muchos detractores entre los críticos porque Isaías le pone nombre incluso al rey Ciro muchos años antes de su nacimiento. Ellos llegan a afirmar que este libro tiene en realidad tres autores debido a las diferentes maneras de escribir, los estilos literarios, etc. Por supuesto que estas afirmaciones solo se sustentan en la no creencia por parte de los críticos del poder de Dios o de su propia existencia y ellos consideran imposible que se puedan predecir sucesos que van a acontecer más de 100 años después. No resulta muy difícil de creer que un hombre con un ministerio de cerca de 60 años pueda escribir de una manera diferente a los 50 años de cómo lo hacía a los 25. Para nosotros es Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu Santo como toda la Escritura. Mucho se puede aprender de este libro con profecías ya cumplidas y otras por cumplir aun.

Es muy interesante y es un tema muy rico para estudiar, pero hoy nos queremos enfocar puramente en el encuentro de Isaías. Noten que el encuentro celestial provocó en el profeta un cambio; provocó en el profeta un reconocimiento de su pecado. Generalmente no reconocemos el pecado a no ser que el Espíritu Santo nos convenza. Mientras tanto, todos somos buenos e incluso creemos en Dios a nuestra manera. Pero un encuentro con Dios nos hace reconocer el pecado. Nos hace arrepentirnos. Nos cambia. Ya no pensamos de la misma manera. Comenzamos a ver las cosas cada vez más como Dios las ve. Noten como, ante la disyuntiva: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Isaías responde: Heme aquí, envíame a mí. Dios nos hace adoradores, de esos que adoran en Espíritu y en verdad. Nos hace como decíamos ver las cosas como Él las ve, sentir pasión por lo que le apasiona. Todo eso sucede después de un encuentro con Dios. Por eso debemos procurar encontrarnos con Él. Por eso debemos procurar que las personas conozcan a Jesús. Vivir para conocer a Dios. Vivir para darle a conocer.

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