La promesa del Padre

“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hch 2. 39).

En este capítulo del libro de Los Hechos de los Apóstoles podemos encontrar una historia grandiosa. Los discípulos recibieron la promesa del Padre y desde ese momento en adelante, todo fue diferente. El Espíritu Santo asumió las riendas de la iglesia de Jesucristo. Jesús dijo: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn 16. 7). ¡Tremenda importancia le atribuía Jesús a la venida del Espíritu Santo! Jesús les dice a sus discípulos que era preferible para ellos su propia ausencia para que pudieran contar con la presencia del Consolador.

Muchas personas se pasan el tiempo diciendo que Dios no existe. Realmente cuando estudiamos la historia, sabemos que los discípulos de Jesús, de la misma manera que todo el pueblo judío, esperaban la manifestación del Mesías. Ellos esperaban a un Rey guerrero que les devolvería la independencia. Esperaban al hijo de David que reinaría con poder y traería nuevamente el antiguo esplendor a la nación hebrea. Ellos habían visto a Jesús hacer muchos milagros. Jesús siempre sabía lo que había que hacer. Si el mar estaba embravecido, se calmaba a su Palabra. Si había que alimentar a cinco mil personas y no había nada más que unos pocos panes y unos peces, milagrosamente había comida para todos de una manera tal que ellos que estaban allí no lo podían entender. Si aparecía un endemoniado que todos temían y que no podía ser sujetado por nadie; los demonios reconocían su autoridad. Pero ahora, de repente, el Maestro había sido apresado. Abofeteado, escupido, azotado, condenado a morir en la cruz. La esperanza de Israel se desvanecía en el momento que el condenado del Calvario entregaba su último suspiro aquel día en vísperas de la pascua. El Rey de Israel ha muerto. Los discípulos estaban dispersos. Habían creído en vano. Un rey muerto no es nada. “…mejor es perro vivo que león muerto”.

Podemos estar seguros de que no supiéramos nada hoy sobre Jesucristo si el primer día de la semana no se hubiera levantado triunfante de la muerte para nunca más morir. Si no se hubiera presentado en su presencia, hubiera comido con ellos, les hubiera enseñado las marcas de su cuerpo, Pedro y Juan hubieran vuelto a pescar en el mar de Galilea, Mateo hubiese seguido cobrando impuestos y Simón buscaría la manera de conspirar para derrocar a Roma. Pero no, fueron hasta lo último de la tierra dispuestos a dar su vida por el testimonio de Jesús. ¿Por qué lo hicieron? Porque resucitó, porque les explicó, porque le vieron ascender al cielo, porque les dejó instrucciones precisas. “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí”. Unos días después estando ellos reunidos en aquel aposento alto, se cumplió la promesa. Recibieron el poder de lo alto, la mismísima guía de Dios para realizar el trabajo. Y de ahí en adelante, todo fue diferente. No hay nada semejante a esto en todo el mundo.

El Espíritu llegó y con el discurso de Pedro se convirtieron tres mil personas. No fue Pedro, no fue el discurso. Pedro no tenía pantallas gigantes donde lo pudieran ver, ni potentes sistemas de audio para que lo pudieran escuchar. Fue la misma obra del Espíritu que les convenció.

Nada que podamos hacer para el Señor va a tener éxito duradero o éxito desde el punto de vista de los cielos, sin el sello del Espíritu Santo.

No existe discordia alguna entre Jesús y el Espíritu. El Espíritu siempre busca glorificar a Jesús. Es el Espíritu el que guía a la iglesia. Es Jesús quien guía a la iglesia. Es lo mismo. No hay divorcio alguno. Es una necesidad del cristiano la investidura, la llenura del Espíritu Santo. Nos llena de sumo gozo saber que la promesa del Padre no es para dos o tres privilegiados. La promesa del Padre es para vosotros, para vuestros hijos, para los que están lejos, para todo aquel que el Señor nuestro Dios llamare. Es el Espíritu quien te convierte en un adorador. Es el Espíritu quien hace que el adorador sienta pasión por las almas perdidas. Es Él quien nos llama la atención, quien nos corrige, quien nos muestra el camino. Es Él quien reparte dones a la iglesia. Dones que si los usamos bien, como el cuerpo que somos, podemos experimentar diariamente una vida victoriosa. Escuchemos la voz de Dios. Sigamos el sabio consejo: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

1 comentario

  1. DTB!!
    Gracias de verdad que me han aliviado el día, “Escuchad y Seguid al Espíritu y verán cumplidas las promesas”
    Buen mensaje
    Que la Paz del SEÑOR los acompañe
    Sayonara

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