Lo que hacemos es importante.

“Los hijos de Rubén y los hijos de Gad tenían una muy inmensa muchedumbre de ganado; y vieron la tierra de Jazer y de Galaad, y les pareció el país lugar de ganado. Vinieron, pues, los hijos de Gad y los hijos de Rubén, y hablaron a Moisés y al sacerdote Eleazar, y a los príncipes de la congregación, diciendo: Atarot, Dibón, Jazer, Nimra, Hesbón, Eleale, Sebam, Nebo y Beón, la tierra que Jehová hirió delante de la congregación de Israel, es tierra de ganado, y tus siervos tienen ganado. Por tanto, dijeron, si hallamos gracia en tus ojos, dése esta tierra a tus siervos en heredad, y no nos hagas pasar el Jordán. Y respondió Moisés a los hijos de Gad y a los hijos de Rubén: ¿Irán vuestros hermanos a la guerra, y vosotros os quedaréis aquí? ¿Y por qué desanimáis a los hijos de Israel, para que no pasen a la tierra que les ha dado Jehová? Así hicieron vuestros padres, cuando los envié desde Cades- barnea para que viesen la tierra. Subieron hasta el torrente de Escol, y después que vieron la tierra, desalentaron a los hijos de Israel para que no viniesen a la tierra que Jehová les había dado. Y la ira de Jehová se encendió entonces, y juró diciendo: No verán los varones que subieron de Egipto de veinte años arriba, la tierra que prometí con juramento a Abraham, Isaac y Jacob, por cuanto no fueron perfectos en pos de mí; excepto Caleb hijo de Jefone cenezeo, y Josué hijo de Nun, que fueron perfectos en pos de Jehová” (Nm 32. 1-12).

Por fin el pueblo de Dios está a las puertas de la tierra prometida. Están listos para entrar y tomar posesión de la herencia que les había sido ofrecida a los patriarcas. Moisés sabe que no tiene permitido entrar. Sabe que va a morir. Sabe que tan solo podrá mirarla de lejos. Está culminando su propósito en la tierra. No ha sido fácil.
En un momento de la vida de Moisés, él llegó a comprender que Dios quería usarle para libertar a su pueblo; pero fue rechazado. Le dijeron: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? Muchos años estuvo en el desierto pastoreando ovejas, hasta que Dios lo llamó desde la zarza y le encomendó la obra de toda su vida. De ahí en adelante experimentaría de forma sorprendente y especial el poder de Dios en todo cuanto hacía.
El Señor sacó a Israel con mano poderosa de Egipto, con señales y maravillas. Se manifestó a su pueblo de una manera increíble. Pero a pesar de eso este pueblo se rebeló una y otra vez. Dudando de Dios. Criticando a su líder. Prefiriendo la esclavitud en Egipto antes que seguir la guía sabia del Señor.
Moisés a veces se sintió desfallecer. Era mucha la carga. Así se lo dijo al Señor y el Señor nos dio una lección fundamental. Le dijo a Moisés que escogiera a 70 hombres del pueblo que el supiera que eran hombres íntegros, fieles, líderes entre su gente y Él tomaría del Espíritu que había en Moisés y lo pondría en estos hombres para que le ayudaran a llevar la carga.
No podemos hacer nada solos. Necesitamos a nuestros hermanos y necesitamos el poder de Dios. Necesitamos la presencia de Dios. Esta es una lección de vida. Pero no es en este asunto en el que nos queremos enfocar en esta oportunidad.
El pasaje que presentamos ocurre después que todos los israelitas mayores de veinte años que salieron de Egipto habían muerto. Como sabemos Dios no les dejó entrar por su incredulidad, por sus rebeliones. Estamos ante una nueva generación. Moisés sabe que va a morir. Sabe que deja todos los asuntos en las manos de Josué. Sabe que todo esta listo para conquistar la tierra. Sabe que si el pueblo marcha, el Señor les dará la victoria. Entonces llegan estos hombres, de la tribu de Rubén y de la tribu de Gad con esta idea. Ellos no querían pasar el Jordán, querían establecerse del otro lado del río. Moisés se espanta. No podía nuevamente estar sucediendo lo mismo. En su memoria, a pesar de los años está fresco todavía tener todo listo para entrar y conquistar y el pueblo desanimarse con la opinión de los espías, con la opinión de aquellos hombres que vieron a los hijos de Anac, que de verdad eran enormes y fuertes, pero que dejaron de ver la grandeza y la fuerza de Aquel que los había sacado con mano poderosa de Egipto y les había prometido darles heredad en una tierra maravillosa. El pueblo se desanimó ante los obstáculos y dejó de ver al Poderoso. Como consecuencia, no entrarían en la tierra. Dios les hizo vagar 40 años en el desierto, hasta el fin de la generación incrédula. Ahora está espantado con lo que estos hombres quieren. Les pregunta: ¿Y por qué desanimáis a los hijos de Israel, para que no pasen a la tierra que les ha dado Jehová?
Esto es muy importante. Lo que hacemos, lo que hablamos, lo que vivimos es muy importante. Nuestro testimonio es muy importante. Nuestras acciones tienen un valor. Nuestras acciones pueden alumbrar, pueden guiar, pueden brindar aliento, o pueden sencillamente confundir y desanimar. Lo que hacemos es importante.
Imagina que eres un padre de familia y les enseñas a tus hijos que deben tener una vida de oración, pero estos jamás te ven orar. Imagina que eres un líder de tu congregación y tus hermanos te ven exigir cosas que tú jamás haces. Imagina que hay una batalla que pelear y tú estás desanimado. Lo que haces es importante, lo que muestras es importante, lo que tus hermanos ven de ti es importante. Tu misión es animar, levantar, ayudar, confortar, consolar, guiar, enseñar, servir.
Afortunadamente los hombres del pasaje estaban claros de su misión. Si usted sigue leyendo un poco más adelante se va a dar cuenta de que su propuesta estaba basada en una necesidad puramente práctica. La tierra que ellos querían era buena para ganado y ellos tenían ganado. Pero estaban dispuestos a cruzar el Jordán y pelear junto a sus hermanos y no regresar a su tierra hasta que sus hermanos tuvieran sus propias heredades. Esta actitud no desanima. Esta actitud respalda y contribuye a que el propósito de Dios se cumpla.

Tú y yo tenemos que hacer lo mismo.

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