Los jóvenes suelen desesperarse. No pueden ver la solución a sus problemas. Sus aspiraciones se ven truncadas por la cruda realidad de todos los días. Hace muy poco conversaba con un joven muy inteligente. Brillante académicamente hablando que me decía con dolor: “Cuando mi hijo crezca yo le voy a aconsejar que no estudie en la universidad. Son años estudiando y al final no se ven los resultados por ninguna parte”. Si usted analiza, teniendo en cuenta la realidad de los últimos veinte años, con una primera impresión pareciera que un consejo así lleva toda la sabiduría. Hay muchísimas personas que han estudiado, se han sacrificado, se han privado de muchas cosas y no tienen, ni hay indicio alguno de que puedan tener un trabajo que pueda satisfacer económicamente sus expectativas.
Alguien dijo en cierta ocasión que la buena educación no era nada sin un adecuado plan para poderla utilizar. Pero no es nuestro objetivo en este momento hablar de educación superior o sobre lo conveniente o no de estudiar. Es nuestro objetivo meditar un poco sobre la situación de los jóvenes, en la que sin duda el contexto social tiene un peso sin dudas significativo. Nos interesan todos los jóvenes, pero nuestro radio de acción se mueve mucho más cerca, como es lógico, de los jóvenes cristianos.
Conozco a dos jovencitos que realmente no tienen idea de hacia donde van a dirigir sus vidas. Tienen a su padre en los Estados Unidos. Uno de ellos quiere irse con él porque piensa que así su vida va a cambiar. El otro quiere quedarse y que lo mantengan desde allá. Pero tanto uno como otro no ven ante sus ojos nada que puedan hacer por si mismos para no sentirse deprimidos.
Hace poco hablábamos sobre cuanto nos gusta tener el control. Pero realmente es muy poco lo que podemos controlar. Los cristianos no deberíamos sentirnos jamás deprimidos. Podemos estar así: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2Co 4. 7-10). Nuestra vida, nuestro gozo, nuestra paz no puede depender de las circunstancias. Tiene que depender de Dios. Tenemos que vivir dentro de su voluntad, cumpliendo sus propósitos y en la medida de las posibilidades facilitar el que Dios cumpla sus propósitos en las personas que nos rodean.
Dios va a usar todas las vías disponibles para que tú y yo lleguemos a cumplir el propósito suyo en nuestra vida. Dios va a usar todas las situaciones, todas las circunstancias para formar en nosotros las características necesarias para la obra que quiere realizar en nosotros. Nuestro contexto es adecuado para crecer en fe, para aprender a confiar en Dios. No importa que yo no vea la solución. No importa que yo mire hacia el futuro y no pueda ver nada que se parezca a lo que quiero y anhelo. ¿Habrá alguna cosa difícil para el Señor? Si con alguien en este mundo deberíamos tener una profunda relación de amistad, ese es sin lugar a dudas nuestro Señor. Él sabe hacia donde hay que ir, lo que hay que hacer, lo que hay que esperar, lo que se puede ir haciendo mientras tanto.
La vida del pueblo de Israel en el desierto es una escuela para todo el pueblo de Dios. Leamos: “Y cuando la nube se detenía desde la tarde hasta la mañana, o cuando a la mañana la nube se levantaba, ellos partían; o si había estado un día, y a la noche la nube se levantaba, entonces partían. O si dos días, o un mes, o un año, mientras la nube se detenía sobre el tabernáculo permaneciendo sobre él, los hijos de Israel seguían acampados, y no se movían; mas cuando ella se alzaba, ellos partían. Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían, guardando la ordenanza de Jehová como Jehová lo había dicho por medio de Moisés” (Num 9. 21-23).
A nadie le gusta vivir en el desierto. Este pueblo deseaba llegar a su destino cuanto antes. Debe ser frustrante humanamente hablando que permanecieran un año acampados en el mismo lugar. La tendencia humana, natural, es a desesperarse. Sin embargo era Dios mismo quien controlaba las partidas y las acampadas. Es más que evidente de que sus razones de peso tenía. Hoy es igual. Él sigue teniendo el control de todas las cosas. Lo importante es acercarnos a Dios, llenarnos de Él. Orar por los enfermos. Esperar en Él. A veces nos comportamos como si Dios no existiera y el tiempo fuera a pasar y la vida se te escabullera entre las manos. No te desesperes. Si estás en la voluntad de Dios vas a salir del desierto sin importar que al mirar a lo lejos solo puedas ver arena. El desierto sigue siendo hoy un lugar de tránsito, no para permanecer.
Joven: Hay para ti una esposa (o). Hay para ti un ministerio. Hay cosas grandes. Tan solo si te atreves a creer.
Jun 07
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