Lo más sencillo para una persona cualquiera es preocuparse. Llega un asunto a tu puerta y ya eres presa de la preocupación. Pasa todos los días. ¿No es cierto? Problemas económicos. Problemas relacionales. Problemas en el trabajo. Problemas en la escuela. Problemas en el ministerio. Un gran listado de problemas sin resolver. Muchos asuntos que nos preocupan. Preocuparse en principio no es malo; es una buena señal de que todos esos asuntos son importantes para nosotros. Nos importa la estabilidad de nuestra familia, la salud de nuestros padres, como le va a nuestros hijos en la escuela, las personas que tenemos que cuidar, personas con las que tenemos una responsabilidad delante del Señor. Sin embargo: La Palabra de Dios muchísimas veces nos exhorta a confiar en Él. A esperar en Él. A que no llevemos sobre nosotros cargas que no debemos llevar. A que aprendamos de Jesús, que su yugo es fácil y ligera su carga.
A la mayoría de nosotros nos encanta tener el control de cada situación. No cabe dudas de que estar en control produce una sensación agradable de bienestar, pero en cualquier caso es algo que es completamente falso. No tenemos el control de absolutamente nada en la vida. Podemos tener influencias significativas, pero el control, no lo tenemos en nada. Podemos decidir el rumbo que queremos tomar, pero el como, el cuando y muchas otras cosas se nos escapan totalmente.
Hay muchos ejemplos que se pudieran poner. Las experiencias de los hijos cuando están lejos. Lo que te gustaría que aprendieran tus discípulos. Seguramente te vienen a la mente muchísimas cosas, que con gran facilidad puedes darte cuenta de que no puedes influir en ellas de ninguna manera material. Y se sufre por ello.
A veces sabes que alguien muy cercano a ti está haciendo las cosas mal, o de una manera en la que se está moviendo por un camino peligroso, que puede tener consecuencias lamentables. Y no puedes hacer nada porque no te escuchan. Hablas pero no aceptan tu consejo. Estás viendo que cada día la situación avanza más hacia donde temes. Y no puedes hacer nada por evitarlo.
Y tienes razón. No puedes evitarlo. Tú no puedes convencer a nadie. Puedes ser una parte bien activa en ese convencimiento pero el que convence verdaderamente es el Señor.
Debemos aprender a confiar en el Señor. Podemos decir: Yo confío en el Señor. Pero, ¿es verdad? No es lo mismo cuando todo marcha bien, viento en popa y a toda vela que cuando las cosas están mal. Una situación económica desfavorable, o una enfermedad complicada. Cuando todo va bien es sencillo. Estoy fuerte. Tengo fe. Conozco lo que el Señor dice sobre muchas cosas que casi siempre implican a los demás. Pero cuando llega mi situación, entonces es diferente. ¡Esta si es una situación difícil!
Nuestra filosofía es que cada día podemos acercarnos más a Dios. Es una filosofía que no es nuestra. Es de Dios. Su Palabra dice: “Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros”. También dice: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. No podemos conformarnos con lo que tenemos hoy, lo que sabemos hoy, con la relación que tenemos hoy con nuestro Señor. El hombre te puede decepcionar, pero Él te sigue diciendo: “Yo estoy contigo”. “No te dejaré”. De tal manera que pudiéramos decir como el salmista: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá”.
La idea que queremos transmitir es que independientemente de lo que esté pasando todas estas promesas son una gran verdad para nuestras vidas. Confía en Él que no vas a ser avergonzado. Descansa que el Creador de todo tiene el control.
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