La tumba sigue vacía.

Una mañana como hoy de hace unos dos mil años, unas mujeres se acercaron a aquella cueva labrada en la roca que había servido de tumba al muerto más famoso de la historia. Depositaron allí su cuerpo casi por casualidad. Era un sepulcro nuevo donde nadie había sido puesto. Estaba bien cerca, era propiedad de José de Arimatea, un discípulo del Señor. La pascua de los judíos se les venía encima y aquel día de reposo era uno de los días del año de mayor significado para ellos. Todas estas cosas influyeron para que aquel cuerpo sin vida, sangrante y maltratado, fuese dejado en aquel lugar. Pero cual no sería el asombro de estas mujeres cuando llegaron al lugar y se encontraron la tumba vacía.
Aquellos días fueron tremendos para los discípulos. En un abrir y cerrar de ojos experimentaron emociones encontradas. En un instante pasaron de la sensación de triunfo, a la derrota más aplastante. Del aplauso de las multitudes que enardecidas recibieron al profeta que había levantado de los muertos a Lázaro, cuando todos esperaban que su cuerpo hedía ya a causa de los días de fallecido; a vivir el agónico y terrible fin de su vida en aquella temible cruz. La multitud le recibió triunfante a la entrada de Jerusalén con gritos de júbilo. Unos días después la multitud gritaba: crucifícale.
A pesar de que habían sido advertidos, de que estas cosas iban a pasar ellos no las esperaban, ellos esperaban que Dios parara de alguna manera todos aquellos acontecimientos. Pero el Padre le dejó solo. Le dejó sentir la agonía que ningún hombre jamás ha sentido. El peso del pecado de la humanidad toda. Se dice muy fácil, pero no lo es. Y venció. Llegó el precioso instante del consumado es.
Fue sepultado, pero estas mujeres encontraron la tumba vacía el primer día de la semana. Y no se robaron el cuerpo y lo escondieron. Él resucitó. Se levantó de los muertos para nunca más morir. Se les apareció a los discípulos, les reprochó su incredulidad. Les dio nuevas instrucciones y subió a los cielos.
Aquellos hombres y mujeres una vez más estaban en victoria a pesar de los problemas. Llevarían el evangelio hasta lo último de la tierra sin importarles los peligros, las amenazas. Ellos sabían que su Señor estaba vivo, sentado a la diestra de la Majestad en las alturas. Sabían que había prometido estar con ellos todos los días hasta el fin del mundo.
La tumba sigue vacía, a pesar de todas las teorías de conspiración. Hoy Jesús sigue cambiando los corazones, sigue sanando a los enfermos, sigue dando paz en medio de la tormenta, sigue dándole fuerzas al que no tiene ningunas, sigue levantando a los caídos, sigue tratando de salvar a la humanidad, sigue dispuesto a dar vida y vida en abundancia. Se puede conocer. Se puede vivir. Se puede cada día estar más cerca de Él.
Hoy no podíamos dejar de decirlo. Que el Señor te continúe bendiciendo.

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