El amor de Dios es lo más grande, increíble y maravilloso que el hombre pueda de alguna manera experimentar. Hemos ofendido a Dios muchísimas veces y de muchísimas maneras. Hemos pecado contra el Santo y Sublime. El único castigo que merece nuestro pecado es la muerte. La destitución total de la gloria de Dios. La separación eterna. Pero Dios, en su inmenso amor, debiendo castigar al hombre por su pecado, decidió castigarse a sí mismo. Jesús se despojó de todo, tomó forma de siervo, se hizo semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló hasta lo sumo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Jesús recibió el castigo que cada uno de nosotros merecemos.
Puede que digas ahora: yo no soy mala persona yo no me merezco eso. Créeme que tanto tú como yo nos merecemos eso y mucho más. Hemos pecado contra Dios y si no hemos hecho nada más grave es porque no se nos han dado las circunstancias materiales o porque tenemos miedo de las consecuencias.
Pero el amor de Dios es tan grande. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5. 1-8). Siendo pecadores, mereciendo la muerte, Cristo murió por nosotros, para que todo aquel que en Él crea no se pierda sino que tenga vida eterna. Para que podamos ser reconciliados con Dios, para que podamos vivir tal y para lo que fuimos creados.
Ha sido el pecado el que nos ha separado de Dios. Es el pecado el que destruye a las familias. Solo si vivimos en una burbuja de cristal, ocupados de nosotros mismos, de nuestros propios intereses, no podremos darnos cuenta del dolor ajeno, del sufrimiento de muchos niños creciendo en familias totalmente disfuncionales y que si Dios no llega a sus vidas crearán también familias disfuncionales. Ancianos sin esperanza. Enfermos de VIH en estado terminal. Están aquí muy cerca de nosotros, que tenemos la ilusión muchas veces de que todo está bien.
Es muy cierto que si hoy podemos considerarnos justos es únicamente porque hemos sido hechos justicia de Dios, en Cristo Jesús. Hemos sido justificados de gratis, simplemente por gracia. Simplemente por la enorme misericordia de Dios. Nunca vamos a poder hacer nada para pagarle, hagamos lo que hagamos, así demos nuestro cuerpo para ser hecho picadillo. Pero, ¿significa esto que ahora, luego de aceptar a Jesús como mi Señor y Salvador puedo seguir viviendo en el pecado? La respuesta es NO. De una manera rotunda.
Todos somos pecadores y pecamos todos los días. Abogado tenemos para con el Padre. Eso no significa que puedo ir por el mundo haciendo cosas deliberadamente que sé que desagradan a Dios. “Puedo hacer lo que quiera, yo estoy bajo la gracia, yo no estoy bajo la ley”. NO, repito, NO puedes hacer lo que quieras. Por muchas cosas. En primer lugar fuiste comprado por precio y nada menos que el precio de la preciosa sangre de Cristo. Jesús es tu Salvador pero también es tu Señor. Las cosas que Jesús dice no son para que ninguno de nosotros decida si las hace o no. Déjame decirte un secreto: Si no nos quebrantamos con lo que Dios dice nada va a suceder en nuestra vida. Puedo hacer el arreglo mental que mejor me parezca. Si no nos humillamos con lo que Dios dice, nunca vamos a entender. Si nos creemos superiores, nunca vamos a comprender. Nunca vamos a dar un paso para estar más cerca de Dios. Vamos a vivir creyendo lo que nos parece y sonando muy agradable al oído lo que creemos. Pero Dios sigue hablando. Sigue diciendo ve y predica el evangelio. Has discípulos y enséñales que guarden lo que les he mandado.
Quien tiene a Dios no tiene que, no puede, bajo ningún concepto vivir en el temor. No tiene que hacer nada para ser salvo, para que Dios le acepte, para que Dios le ame. No tiene que hacer nada. Eso está garantizado de antemano. No tienes que luchar la salvación. Ya eres salvo, ya eres aceptado, Dios te ama. Pero tu vida cambia porque el Espíritu Santo te convenció de pecado. Te arrepentiste de todo aquello que te separaba de Dios y le entregaste tu vida, para que Él hiciera con ella lo que mejor le pareciera. Eso es lo mejor que pudiera pasarnos, que verdaderamente le diéramos el control a Dios. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Ro 6. 1-2).
“No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera” (Ro 6. 12-15).
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Ro. 8. 1-9).
Observa que es la Biblia la que está hablando y no se puede ignorar.
Jesús es superior a la ley. Jesús sube el listón mucho más alto incluso que la ley en muchas cosas de la vida práctica que el hombre común, aquel que no le ha aceptado como Señor, ni esta dispuesto a hacerlo, no puede entender. Te pongo dos ejemplos:
“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt 5. 27-28). La ley no se atrevía a decir esto. Cualquiera puede pensar que es imposible que pase una mujer hermosa por tu lado, escasa de ropa, como abundan en estos días, y no la codicies. No hay imposibles para Dios.
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5. 43-45). Bajo las condiciones de la ley era entendible que aborrecieras a tu enemigo. En el reinado de Jesús no, porque has iniciado un proceso que si funciona bien, con altas y bajas, con luchas y tribulaciones te llevará a parecerte cada vez más a Él. Hay muchos ejemplos más en solo este capítulo incluso, pero no los pondremos por razones de espacio y porque los puedes consultar por ti mismo.
Si vives pecando deliberadamente es muy probable que no hayas recibido verdaderamente a Dios. Simplemente te sientes cómodo como estás ahora y la libertad que crees tener te pasará factura porque el pecado sigue teniendo consecuencias en esta vida y en la venidera.
Los que verdaderamente tienen a Dios no viven asustados. “Ese terrible Dios castigador que me va a tirar en el infierno si no hago esto o lo otro” No es así. Ellos tienen gozo. Tienen la alegría de la libertad. La libertad del pecado y de la muerte, porque la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús. Ellos tienen la libertad para no ser esclavos del mundo y de sus dictados. Es el mundo quien todos los días te dice como tienes que vestirte, peinarte, caminar, pensar, si quieres ser aceptado, si no quieres ser rechazado. Ellos tienen la libertad para decidir servir a Dios, dedicar su vida a Dios, vivir de acuerdo al propósito de Dios. Acaso crees que Dios te formó, te rescató, te ha ofrecido la vida abundante para que vivas sin hacer nada, durmiendo hasta bien tarde y viendo durante horas el “paquete”. Lo podrás aceptar o no. Te podrá parecer ridículo o no.
Si no haces nada. Si no haces esas terribles “obras” que puede que muchos hagan para ser vistos de los hombres, pero el que tiene a Dios las hace no para ser salvo, ni para pagarle a Dios lo que Él hizo, ni porque si no las hace se va para el infierno; sino porque está siendo guiado por el Espíritu Santo, llevando el mensaje de Salvación o edificando a la iglesia o ambas cosas a la vez. Si no las haces, me temo que verdaderamente no tienes a Dios, o al menos todavía no tienes la madurez suficiente para dejarte guiar.
No puedes ignorar la Palabra de Dios: La fe sin obras está muerta. No existe fe sin obras. Pueden existir obras sin fe. Puedes vivir trabajando y trabajando para tratar de ganarte la Salvación. Trabajo vano, con mala motivación. La Salvación es un regalo. Pero si tienes fe y Jesús es tu Señor, tu fe, va a producir obras, porque es imposible para el pámpano que está bien injertado a la vid no producir frutos. Si Jesús está cerca vas a hacer su voluntad. Vas a predicar, visitar los enfermos, vas a animar a tus hermanos cuando se sientan débiles y cuando estén enfrentando pruebas difíciles. Te vas a gastar como una vela que se gasta mientras brinda su luz, para que el mundo vea en ti al Salvador del Calvario. ¿Acaso no estás aquí para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable?
Que el Señor te continúe bendiciendo.
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