A nadie le gusta quedar avergonzado. Nadie disfruta tener los ojos y el juicio de sus semejantes sobre su cabeza. Pero sucede en ocasiones. Hay muchas maneras de quedar avergonzado. Muchos padres recuerdan por ahí, desgraciadamente, estar conversando con alguna persona, y de repente su hijo pequeño, de tan solo unos añitos, en un abrir y cerrar de ojos desmiente todo lo que sus progenitores habían dicho. Ellos quedarían avergonzados, si tuvieran vergüenza porque muchos hasta castigan a los niños y estos no entienden la razón, porque saben que están diciendo la verdad. Eso no pasa en los hogares cristianos, ¿verdad? Hace unos años cambié mi trabajo por una oferta aparentemente ventajosa desde todos los puntos de vista. Tan ventajosa era que pensaba su procedencia venía desde el mismo Señor. Me pasó lo mismo que a Josué con los gabaonitas. Josué fue engañado por no consultar al Señor y a mí me pasó exactamente lo mismo. Y llegó el momento en que me sentí en una encrucijada. ¿Cómo voy a volver? Allí todos piensan que estoy trabajando, que estoy prosperando por días. ¿Cómo voy a regresar y darle la cara a mis compañeros? Gracias a Dios que me había ido en total paz y con buena amistad. Pero el asunto es que había una gran sensación de fracaso y vergüenza. Una impresión con la que hubo que luchar para hacer lo correcto. La humildad ayuda mucho en esos casos. Jesús en cierta oportunidad dijo: “Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar. ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz” (Lc 14. 28-32). Estas cosas las dijo Jesús, por supuesto, refiriéndose a lo que alguien que quisiera ser su discípulo, debería estar dispuesto. Jesús y su Palabra son indudablemente lo primero y debemos estar preparados para dejar atrás lo que sea necesario. Él, de una manera brillante les invita a reflexionar. Si no eres capaz de seguir sus condiciones, mejor no digas que eres su discípulo, porque eventualmente la vida te va a poner en situaciones que lo probarán. Es lo mismo dejar la obra en los cimientos y no poder edificar, es tan vergonzoso como pasar años siendo “cristiano” y de pronto lo abandonas todo, por dinero, por una mujer, por una posición económica, por lo que sea. Deberían sentir vergüenza. Realmente no sé como se las arreglan estas personas con la voz del Señor. »Ten misericordia de nosotros Señor para ser fieles. Queremos refugiarnos en ti. Tal y como dice el salmista: “En ti, oh Jehová, me he refugiado; No sea yo avergonzado jamás. Socórreme y líbrame en tu justicia; Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente. Tú has dado mandamiento para salvarme, Porque tú eres mi roca y mi fortaleza” (Sal 71. 1-3). Esa es una oración eficaz. Si decides seguir a Cristo, creerle a pesar de los contratiempos. Te vas a dar cuenta de que vas a poder hacerle frente al que viene contra ti con veinte mil, tan solo con diez mil. Es una promesa de Dios. No serás avergonzado. La vergüenza es para los adúlteros, los transgresores, no para los que siguen a Cristo. “Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Ro 10. 11). Créele a Él, síguele a Él; no te vas a arrepentir. Que Dios te continúe bendiciendo.
Mar 01
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