El título de estas líneas es uno de los Proverbios de Salomón. Aparece en el capítulo 14 versículo 17. Muy sencillo, muy fácil de entender y como todos los Proverbios con una grandísima dosis de sabiduría. Como todas las cosas que el Espíritu Santo trae a nuestras vidas. Sumamente útil, necesaria, adecuada, en el momento justo. Es una advertencia del Señor, de una manera cariñosa si se quiere. Si te enojas con facilidad vas a cometer locuras, vas a hacer cosas de las que probablemente te vas a arrepentir. Si te enojas con facilidad lo más probable es que seas injusto con las personas que te rodean. Vas a maltratar a tus familiares, amigos y todo aquel que esté lo suficientemente cerca para experimentar las consecuencias de este enojo, que la mayoría de las veces es producto de una relación deficiente con el Señor.
La pregunta que nos podríamos hacer sería: ¿Puede un cristiano enojarse? Por supuesto que puede. ¿Quién no se ha enojado alguna vez? El mundo que nos rodea y nosotros mismos tendríamos que ser muy diferentes para no llegar a enojarnos. El enojo se experimenta con gran facilidad, cuando por una razón o por otra somos contrariados. Nos enojamos cuando las cosas no nos salen como queremos. Cuando estamos esperando algo y es otra cosa lo que se nos presenta delante. Cuando esperamos un determinado desempeño de alguna persona y ésta nos defrauda. Cuando no están de acuerdo con nuestras opiniones. Las dejan de lado, las ignoran.
Dominio propio brinda el Señor para que podamos lidiar con este asunto. Porque es algo con lo que tenemos que aprender a convivir. ¿Por qué? Pues porque todas estas situaciones de las que hacíamos mención de una manera muy general no van a desaparecer, al menos no en este mundo. Los conflictos no van a desaparecer. No podemos garantizar que no llegue el enojo en algún que otro momento según las situaciones que estemos enfrentando. “Tenemos sangre en las venas”. Y tenemos sentimientos que fluyen en nuestro interior.
El Señor dice aquí que cometeremos locuras si cedemos al enojo con facilidad. Y locuras mi hermano puede ser cualquier cosa, desde un comportamiento ridículo y completamente fuera de lugar, embarazoso; hasta llegar a lastimar a alguien físicamente. Estamos mencionando los extremos de este asunto. Un cristiano lleno del Señor Jamás va a agredir a nadie físicamente. Pero mientras más lejos estemos del Señor es mucho más probable que el enojo nos haga presa fácil, y comencemos a experimentar una situación desagradable, perturbadora y duradera.
Imagina una situación donde no te pones de acuerdo con alguien, puede ser cualquiera. Le atribuyes mala intensión a esa persona. Te enojas. Dices cosas que la ofenden. No llegan a un acuerdo. Los dos se van enojados a sus casas. Todo eso está mal. En primer lugar, deberíamos poder escuchar el criterio ajeno, tratar de ver las cosas desde el punto de vista del otro sin llegar a atribuirle nada porque tú no sabes lo que hay en su corazón. Si aun así no hay acuerdo se debe buscar un arbitraje confiable para que medie en ese asunto. Pero en cualquier caso es inadmisible conservar el enojo y darle lugar al odio a las rencillas. Si bien el proverbio es cariñoso y nos advierte. Hay palabras mucho más directas y enérgicas, como: “La ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Stg 1. 20); “no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Ef 4. 26); “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” (Ef 4. 31). Como casi siempre Dios está hablando. En nuestras manos queda si nos quebrantamos o no con lo que Él está diciendo. No tienes ningún derecho a estar enojado con nadie más allá de la puesta del sol. Te pones bravo, te enojas, sucedió; es completamente natural, pero debes arreglar ese asunto, no puedes quedarte enojado. No puedes darle lugar al diablo para que te amargue la vida y el tiempo vaya pasando y tu haciendo locuras cada día porque no puedes pensar con claridad. Dios quiere obrar en nosotros.
Que el Señor te continúe bendiciendo.
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