Hoy puede ser igual

En los primeros tiempos de la iglesia los apóstoles tuvieron que enfrentar muchísimas complicaciones, siempre derivadas del mensaje que estaban anunciando al mundo. Pero este mensaje era notablemente diferente a cualquier otro mensaje y conmovía hasta los mismos cimientos al sistema tradicional judío. También pone a temblar sin discusión alguna cualquier sistema tradicional en el mundo entero. No existe nada que el hombre pueda haber experimentado, posea o sueñe con obtener ya sea para sí mismo o para generaciones posteriores que pueda igualar el significado de Jesucristo. Estos hombres lo habían vivido plenamente. Le habían conocido cuando pensaban que tan solo era un rabí, un maestro muy bien instruido en las tradiciones de sus padres. Le habían visto primero haciendo milagros, solo semejantes a los que hicieron algunos grandes profetas del pasado y después cosas que nadie nunca jamás había hecho. Ellos creyeron que tenían frente a frente al Mesías de Dios, al Rey de Israel. Pero el Cristo de Dios había sido apresado como un malhechor cualquiera. Había sido juzgado y condenado a muerte. Murió en una cruz de una manera horrible. Eso les destruyó totalmente. Pero el Cristo se levantó victorioso de la muerte al tercer día y ellos le vieron. Recibieron sus instrucciones y quedaron tranquilos esperando. Orando y esperando. Hasta que llegó la Promesa del Padre. Ya nada les detendría.

Hay un pasaje que nos resulta muy interesante que se encuentra en el libro de los Hechos de los apóstoles capítulo 5 del versículo 17 hasta el 42, donde suceden cosas muy importantes. Pedro y Juan estaban anunciando el evangelio de una manera poderosa. Habían sanado al paralítico en la puerta del templo. Más de cinco mil personas se habían convertido. Les apresaron, les intimaron a que no predicasen más al Señor y ellos respondieron con valentía: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”. No les quedó más remedio que soltarles porque el pueblo estaba enardecido, pero estaban dispuestos a todo para lograr que se callaran. Conociendo la lucha que vendría los discípulos buscan ayuda en el mejor lugar. Oran al Señor pidiendo confianza y valor para testificar de Jesús y el Señor respondió con un sí rotundo. Señales y maravillas confirmaban la palabra. Los principales sacerdotes reaccionan llenándose de celos. No estás apto para el liderazgo si no puedes tolerar, si no te puedes alegrar con el éxito que tus hermanos están obteniendo. Noten que la preocupación de estos líderes bien pudiera haber sido que el mensaje fuese falso, que estuvieran engañando al pueblo. Pero no. Se llenaron de celos porque el pueblo les estaba escuchando, porque las personas estaban aceptando a Cristo, porque estos hombres del vulgo sin humana instrucción alguna, estaban conmoviendo a Jerusalén. Les metieron presos en la cárcel pública. Y aquí queremos resaltar algo más: Nadie te puede detener si Dios está contigo. Si Dios te ha enviado y lo que hay en tu corazón es servir a Dios acorde a su voluntad y sujeto a Él, tú tienes el pleno respaldo del cielo. “Mas un ángel del Señor, abriendo de noche las puertas de la cárcel y sacándolos, dijo: Id, y puestos en pie en el templo, anunciad al pueblo todas las palabras de esta vida. Habiendo oído esto, entraron de mañana en el templo, y enseñaban”.  Noten que principio más elemental. Estás haciendo lo que Dios quiere, el enemigo te agrede, Dios te defiende. Y tú sigues haciendo lo que Dios te ha mandado hacer. Escuchar la predicación, la manera milagrosa en que Dios les sacó de la cárcel no fue suficiente para sofocar los deseos de matar a los apóstoles. Un hombre que no conocía a Jesús, pero con una gran sabiduría de Dios, Gamaliel, dio un consejo que demuestra por qué era venerado por el pueblo. Dejen a estos hombres porque si esta obra es de Dios no la podréis destruir, no vaya a ser que sean hallados luchando contra Dios. Los dejaron marchar, pero aun así no pudieron privarse de azotarlos. Y este es otro aspecto que no podemos dejar de mencionar. “Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad. Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre”. No he visto ni he escuchado a mucha gente que luego de recibir una buena tunda estuviera contento. Estos hombres lo estaban. Estos hombres tenían gozo porque estaban sirviendo a Dios. Sentían alegría porque estaban cumpliendo con su propósito en la vida, porque sentían la presencia de Dios y estaban convencidos de que adonde quiera que fueran el Señor iría con ellos. Guiándoles, enseñándoles, reprendiéndoles si fuera necesario pero siempre para bien y siempre para terminar la carrera en la presencia de Dios en la nueva Jerusalén. En la actualidad muchas veces estamos apenados, tratando de pasar desapercibidos, para que no se burlen de nosotros, cuando en realidad somos portadores de la verdad más poderosa de la historia, somos parte de la empresa más grandiosa de los siglos, y el mismísimo Creador de los cielos y la tierra nos ha amado de tal manera que nos ha hecho sus hijos.

Estos primeros discípulos sentían placer de congregarse y todos los días lo hacían, en el templo y por las casas, con sencillez y alegría de corazón. Dios los usaba de una manera poderosa. El brazo de Dios no se ha acortado. Hoy puede ser igual. Que el Señor te continúe bendiciendo. 

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