“Por eso, permita usted que yo me quede como esclavo suyo en lugar de mi hermano menor, y que él regrese con sus hermanos” (Gn 44. 33, NVI).
Este versículo del capítulo 44 del libro de Génesis es precioso. Cada vez que en algún lugar, en cualquier momento, alguien está dispuesto a sacrificarse por otra persona, eso es motivo de gozo. Es motivo suficiente para producir una sana alegría que brota desde lo más profundo del corazón.
En estos tiempos nadie se sacrifica por nadie. La gente aplica el principio de “lo mío primero”. Lo mío es lo más importante. Nuestra civilización se pierde en tan solo un momento, según sea la necesidad. Nunca has visto una cola para montar en un ómnibus. Todos tranquilos, esperando, hasta que llega el momento de subir. ¡Sálvese el que pueda! Empujones, apretones, pisotones, hasta que la puerta se cierra y se marchan todos juntos otra vez como si nada hubiera pasado, como si todo lo que sucedió tan solo unos minutos atrás fuera lo más normal de este mundo. Antiguamente las personas eran renuentes a hablar bien de si mismas, preferían que si se iba a hablar bien de ellos que fueran otros los que lo hicieran. Últimamente he podido ver en varias oportunidades como las personas se ensalzan a si mismas por delante de otros compañeros suyos. “Yo soy el hombre indicado para ese cargo, nadie puede hacer ese trabajo mejor que yo”. “Fulano pudiera hacerlo pero imagínate, él tiene muchos problemas personales”. Lo triste es que les hacen caso y en la mayoría de las ocasiones, obran de una manera injusta. Así vive el mundo de hoy en pleno siglo XXI. Lo podemos entender porque estamos seguros de que el verdadero desinterés, la capacidad de sacrificarse, la voluntad necesaria para encarar una situación y decir: “Me gustaría, pero hay alguien que se lo merece más”, solo puede venir del Altísimo.
Estamos poniendo ejemplos bien sencillos y de relativamente poca importancia cuando lo comparamos con la vida humana. Si el hombre no es capaz de ceder en la mayoría de los casos tratándose tan solo de un artículo, como va a ser capaz de ceder su propia vida.
La historia de José es fascinante, llena de enseñanzas admirables, sumamente valiosas para los hijos de Dios. Nos muestra como Dios obra en nuestras vidas de maneras que no podemos entender, pero que su propósito siempre tiene un fin más alto, más necesario, de lo que nosotros podemos siquiera imaginar. Muchas tribulaciones tuvo que enfrentar José. Vivió durante años como esclavo. Pero Dios tenía un plan para su vida y para la de toda la familia. Lee su vida. No te pierdas estas palabras que sin dudas son para ti.
En este momento tan solo queremos llamar la atención como estos hermanos se encuentran acorralados. No están corriendo ningún peligro porque José no pretendía hacerles daño alguno, pero ellos no lo saben. Ellos creen que están corriendo un serio peligro. No hay manera de que puedan salir bien librados. No pueden regresar a casa sin Benjamín. El gobernador puede decidir cualquier cosa. Lo mismo mandarlos a ahorcar que venderlos en el mercado. Es en ese instante que Judá asume el liderazgo de sus hermanos. Un liderazgo a la manera de Dios. Explica toda la historia y como sabe que no puede probar su inocencia propone lo que mostrábamos al principio: Yo me quedaré como esclavo en lugar de mi hermano. Está dispuesto a sacrificar su propia vida, su propia libertad, para ganar la de su hermano y con ella la tranquilidad de su padre.
“Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5. 7-8). Aquí queríamos realmente llegar. De alguna manera Judá, antepasado del Señor Jesús según la carne, está haciendo de una manera bien sencilla lo que la persona más ilustre de su genealogía iba a hacer muchos años después. Sacrificarse por los demás. Por supuesto que Judá se iba a sacrificar por su familia, por su padre, por su hermano, pero el Señor, el Señor se sacrificó por ti y por mí que habíamos ofendido a Dios tantas veces y de tantas maneras que lo único que merecíamos era la muerte. Pero que grande es su amor, que increíble. Mereciéndonos lo peor nos ha regalado la vida. Es a su imagen que nosotros debemos ser conformados. Él está dispuesto. Que Dios te continúe bendiciendo.
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