Independientemente a todo: Obedece (2)

Nadie ha prometido nunca que no vayan a venir a nuestras vidas situaciones adversas. Situaciones que pretendan afligirnos. Van a venir una y otra vez, pero no podrán abatirnos hasta el punto que describe el versículo 67 del capítulo 28 de Deuteronomio. Porque nuestra seguridad no depende de las circunstancias, nuestra seguridad depende de Dios. Y no hay circunstancia posible que pueda opacar a nuestro Dios. Acércate cada vez más a Dios. Búscale en oración. Escúchale por medio de su Palabra. Vive la vida de Dios en tu vida.

Vamos a leer por un momento otro pasaje: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro,  para que la excelencia del poder sea de Dios,  y no de nosotros, que estamos atribulados en todo,  mas no angustiados;  en apuros,  mas no desesperados; perseguidos,  mas no desamparados;  derribados,  pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús,  para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos,  siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús,  para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Pero teniendo el mismo espíritu de fe,  conforme a lo que está escrito:  Creí,  por lo cual hablé,  nosotros también creemos,  por lo cual también hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús,  a nosotros también nos resucitará con Jesús,  y nos presentará juntamente con vosotros. Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros,  para que abundando la gracia por medio de muchos,  la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios. Por tanto,  no desmayamos;  antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando,  el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven,  sino las que no se ven;  pues las cosas que se ven son temporales,  pero las que no se ven son eternas” (2Co 4. 7-18). Esa es una vida de fe. La vida que nosotros debemos vivir. Con la mirada en las cosas eternas. Con la mirada en las cosas inconmovibles. Esas que permanecen para siempre. Testificando donde quiera que tengamos la oportunidad sobre las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Atribulados en todo, es posible, pero no angustiados, en apuros, pero no desesperados, perseguidos, pero no desamparados. Nunca destruidos, porque Aquel que hizo los cielos y l tierra está de nuestro lado. Aunque este hombre exterior se vaya gastando poco a poco, el interior se renueva de día en día y la tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. Esta es la clave: No te debes sentir como se sienten las personas que describe Deuteronomio, porque Dios está de tu lado. Si estás en un desierto, decía hace algún tiempo una hermana muy querida, y te sientes así, es porque allí quieres estar. Nunca va a ser la voluntad de Dios que su pueblo permanezca en el desierto. Que lo atraviese sí, pero solo para llegar a la tierra prometida, no para quedarse para siempre.

Mucho se ha predicado y enseñado sobre la obediencia y seguramente mucho se hará todavía hasta que regrese el Señor. Obedece a Dios y a su Palabra. También a aquellos que el Señor ha dado la tarea de guiarte. No esperando las bendiciones, que sin duda han de venir, de una u otra forma. No por temor a las maldiciones, sino por amor, por gratitud, por comunión con el Rey. Obedece siempre, hasta en los momentos en que la lógica humana te indique lo contrario. Entrégate a Dios completamente. Que Dios te continúe bendiciendo.

 

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