La muerte de Jesús derrotó al diablo. Era necesaria su muerte para que nosotros tuviésemos vida. La esperanza de vida. Una vida eterna en la presencia de Dios, con una verdadera comunicación con Dios. Seguramente sabes esto, pero la Palabra nos llama a exhortar a tiempo y fuera de tiempo. No podemos sentirnos satisfechos mientras Jesús no ocupe el primer lugar de nuestras vidas. Si Jesús no ocupa el primer lugar en nuestra vida, las cosas no están bien. No podemos darnos ese lujo. Jesús se hizo hombre y padeció la muerte en la muestra de amor más grande de la historia. El amor que excede todo conocimiento. El versículo 6 del capítulo 3 nos dice: …Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza. Somos casa de Dios con Cristo a la cabeza si retenemos firme hasta el fin la confianza y conservamos la esperanza. Debemos confiar en Dios para todas las cosas. No es fácil, porque nos gusta tener el control. Particularmente me gusta tener el control. Me gusta controlar todas las situaciones de mi vida y si me resulta posible prever también lo que puede pasar. Por eso he recibido en ocasiones algunos trastazos que se hubieran podido evadir. Debemos confiar en Dios para todo. Debemos hacer nuestra parte, porque siempre hay una parte importante que nos corresponde a nosotros, pero la de Dios es de Dios y nunca, pero nunca perder la esperanza. Puede ser que no tengamos nada material, que nuestra ropa no sea la mejor, que no comamos exquisiteces, pero Jesús volverá un día y todas las cosas van a cambiar. Gracias a Dios somos participantes del llamamiento celestial. No estamos aquí porque seamos buenos, especiales. Estamos aquí porque Dios no se ha olvidado de nosotros. Nos ha dado vida, esperanza. Debemos crecer en el Señor. “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio…” (He 3. 12-14). El Señor nos llama a quitar de nosotros todo aquello que nos pueda alejar de Él. Nos llama a exhortarnos los unos a los otros cada día. No cuando yo quiera ó cuando a mí me parezca. Es cada día. Debemos cuidarnos los unos a los otros. La iglesia tiene esta tarea, para que no seamos endurecidos por el engaño del pecado. Las bendiciones aun están esperando por nosotros. Aun queda un reposo para el pueblo de Dios. Debemos seguir creciendo hacia la madurez en Cristo. Dejar la leche espiritual no adulterada, para consumir la vianda. No estamos solos en ese empeño, tenemos con nosotros al Hijo de Dios, como nuestro sumo sacerdote. Mantente firme, no te dejes engañar. Que Dios te continúe bendiciendo.
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