No te conformes.

“Palabras de Nehemías hijo de Hacalías.  Aconteció en el mes de Quisleu,  en el año veinte,  estando yo en Susa,  capital del reino, que vino Hanani,  uno de mis hermanos,  con algunos varones de Judá,  y les pregunté por los judíos que habían escapado,  que habían quedado de la cautividad,  y por Jerusalén. Y me dijeron: El remanente,  los que quedaron de la cautividad,  allí en la provincia,  están en gran mal y afrenta,  y el muro de Jerusalén derribado,  y sus puertas quemadas a fuego. Cuando oí estas palabras me senté y lloré,  e hice duelo por algunos días,  y ayuné y oré delante del Dios de los cielos. Y dije:  Te ruego,  oh Jehová,  Dios de los cielos,  fuerte,  grande y temible,  que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos; esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo,  que hago ahora delante de ti día y noche,  por los hijos de Israel tus siervos;  y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti;  sí,  yo y la casa de mi En extremo nos hemos corrompido contra ti,  y no hemos guardado los mandamientos,  estatutos y preceptos que diste a Moisés tu siervo. Acuérdate ahora de la palabra que diste a Moisés tu siervo,  diciendo: Si vosotros pecareis,  yo os dispersaré por los pueblos; pero si os volviereis a mí,  y guardareis mis mandamientos,  y los pusiereis por obra, aunque vuestra dispersión fuere hasta el extremo de los cielos,  de allí os recogeré,  y os traeré al lugar que escogí para hacer habitar allí mi nombre. Ellos,  pues,  son tus siervos y tu pueblo,  los cuales redimiste con tu gran poder,  y con tu mano poderosa. Te ruego,  oh Jehová,  esté ahora atento tu oído a la oración de tu siervo,  y a la oración de tus siervos,  quienes desean reverenciar tu nombre;  concede ahora buen éxito a tu siervo,  y dale gracia delante de aquel varón.  Porque yo servía de copero al rey” (Neh 1. 1-11)

 

Nehemías es uno de los personajes de la Biblia que más me han inspirado. No es un grande al estilo de David y Salomón, reyes poderosos, respetados y temidos. No es un grande al estilo de Elías o Eliseo, profetas usados de forma poderosa por el Señor, con señales y prodigios grandiosos. No es un grande como Isaías, Jeremías, Daniel o alguno de los otros profetas, que el Señor les hablaba y anunciaron cosas para el porvenir, algunas que ya se han cumplido y otras que aun están por suceder. Nehemías se parece más a nosotros. A la gente de este tiempo. Tiempos difíciles pero necesitados de hombres de fe. Hombres con la entereza, el valor y la confianza necesaria para luchar por las cosas que son verdaderamente importantes. En Nehemías se da una combinación que no es muy frecuente. Nehemías era un hombre de oración. Era un hombre que oraba, pero también era un hombre que actuaba. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de reverenciar el nombre del Señor.

Lea con calma la Palabra. A pesar de estar en Susa, la capital de Persia a más de 1000 km de Jerusalén y de haber pasado muchos años en cautiverio Nehemías tenía un interés muy especial por su nación. Nehemías tenía un interés muy especial en el Señor y en sus hermanos. Cuando oí estas palabras me senté y lloré,  e hice duelo por algunos días,  y ayuné y oré delante del Dios de los cielos. Dios está hablando. ¿Cuántas veces hacemos esto? A veces convivimos con situaciones que son pésimas, con conductas que son deplorables, somos testigos de cómo algo valioso está perdiendo terreno por la indolencia y la apatía y sin embargo, nuestra respuesta no se parece a la de Nehemías. Nehemías en su oración reconoció el pecado del pueblo y reclamó las promesas de Dios. Humildemente oró al Señor con dolor por lo que estaba sucediendo en Jerusalén, con la ciudad amada y con sus habitantes. Dios no rechaza el corazón contrito y humillado. Dios responde. Puedes seguir leyendo el libro de Nehemías y Dios te va a hablar.

Con toda seguridad a tu alrededor hay cosas que no marchan bien. Puede ser en cualquier lugar. Puede ser en tu familia, con tus vecinos, en tu congregación. No te resignes a dejar las cosas como están o a dejar que se arreglen por si solas. Puede que humanamente no tengas los recursos, puede que seas mucho menos que copero del rey. Pero con toda seguridad si aceptaste a Jesucristo como Señor y Salvador eres un hijo de Dios y no debes permanecer impasible. Debes actuar. Has lo que debes hacer mejor que nunca y clama a Dios. Créeme, todo puede cambiar. Tus familiares se pueden convertir. Tus vecinos pueden ser tocados. Tu congregación puede marchar de victoria en victoria.

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