“Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (Hch 11. 17).
Este es un razonamiento genial, sencillamente genial. No somos quien para estorbar a Dios en ninguno de sus proyectos, en ninguno de sus planes. Sus caminos son más altos que los nuestros. Él sabe todas las cosas, aun las que van a suceder por medio de nuestra necedad. Él sabe cuando vamos a decidir mal a pesar de que hemos sido advertidos, e incluso en una situación así, Él puede corregir el rumbo de las cosas. Es por eso que el Señor tiene que ser nuestro mejor amigo.
¡Señor Jesús! Quiero que seas mi mejor amigo. Quiero que seas mi compañero, mi confidente, la solución de mis problemas. Realmente el Señor es todas esas cosas, pero no siempre nosotros lo vivimos así. No siempre seguimos los consejos de Jesús, en ocasiones seguimos los consejos que más se ajustan a nuestros deseos. Esta historia, lo que sucedió y las respuestas de Pedro nos muestran la manera práctica en que las cosas deben ser hechas.
Ya habíamos visto anteriormente que Pedro había predicado el evangelio a los gentiles y que el Señor se había derramado sobre ellos de la misma manera que sobre los apóstoles al principio. En su mente no cabía que Dios fuese a salvar a los paganos, pero la evidencia era tan fuerte, los hechos tan claros, que no había la menor duda posible. Pedro no podía altercar con Dios y obedeció, y comprendió, y glorificó al Señor por su grandeza. Pero esta historia no había terminado, estaba por comenzar.
En ocasiones los hechos tienen tal magnitud que su noticia viaja mucho más rápido que los protagonistas. El hecho de que Pedro entrara en casa de gentiles y comiera con ellos y compartiera con ellos había provocado un gran revuelo entre los hermanos. Tal parece que lo estaban esperando como cosa buena. Pedro se demoró algunos días en Cesarea. Sus hermanos gentiles le habían pedido que se quedara unos días y Pedro les complació. Seguramente fueron días preciosos, donde los nuevos discípulos escucharon sobre las virtudes de su Salvador y Señor. Ese ambiente siempre es agradable, edificante. La alegría de conocer al Señor es única porque Dios no tiene comparación. Pero en Jerusalén no estaban tan alegres. En Jerusalén estaban juzgando a Pedro. Pedro había cometido un crimen. Pedro había anunciado las nuevas de Salvación a un grupo de personas no judías. Evidentemente estaban ignorando las Escrituras porque ya bien temprano el Señor dice que en Abraham iban a ser benditas todas las naciones de la tierra (Gn 18. 18). Se acordarán y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra (Sal 22. 27). “Para que sea conocido en la tierra tu camino, En todas las naciones tu salvación” (Sal 67. 2). Y otras referencias también. Pero estos hombres estaban ignorando la voluntad de Dios por una costumbre aprendida de los hombres de toda una vida. Dios es el mismo por los siglos de los siglos, pero promueve entre nosotros el cambio para acercarnos cada vez más a Él, para que lleguemos a la medida de la plenitud de Cristo.
Pedro llega a Jerusalén y enseguida contendieron con él, enseguida discutieron. Pedro hace lo más razonable que puede hacer. Pedro les cuenta la historia. Eso es muy importante. Nunca se puede obviar los hechos para analizar cualquier situación. Usted puede pensar lo que quiera pensar, a su mente puede venir cualquier cosa. Unas veces buenas, otras malas. Unas veces producto de nuestra propia condición espiritual, otras veces inducidas por el enemigo. Nuestro juicio tiene que estar basado en los hechos y en la Palabra de Dios. Los hechos hablan por si solos. Una persona que se levanta todos los días bien temprano, que todos lo ven trabajando y trabajando el día entero, y ese patrón se repite con el tiempo, nadie puede decir que esa persona es holgazana. Pedro les cuenta la historia paso por paso y ellos no pueden hacer otra cosa que exclamar: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! (Hch 11. 18).
No podemos ser caprichosos y estorbar a Dios. Si hay alguien que quiere servir a Dios y está haciendo cosas y tiene la disposición para hacerlas, no le pongas estorbos. Has lo que esté a tu alcance para despejarle el camino. Si Dios está usando a una persona ¡gloria a Dios!, Dios sabe lo que hace. No estorbemos a Dios.
Que el Señor te continúe bendiciendo.
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