“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros” (1 Jn 4. 7-11).
Si no añadiéramos absolutamente nada a esta Palabra, no sería necesario. Esta Palabra habla a nuestras vidas. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. Estos tiempos son muy difíciles, muy duros, donde hay apariencia de bonanza, de paz, de tranquilidad, cuando en realidad se está librando una tremenda batalla espiritual. Una lucha tremenda por cada vida, por cada familia, por cada hogar, por cada joven, por cada niño. Una batalla que no tiene nada que ver con comida ni con ropa y zapatos. Una lucha por la misma salvación eterna. Una pelea ganada por Jesús, diseñada por Dios, para que todo aquel que en Él crea no se pierda. Lo quieras o no, estás de alguna manera involucrado en esa lucha.
Nos congregamos regularmente en algún lugar, asistimos a los cultos, pero podríamos preguntarnos: ¿Conocemos realmente a Dios? Nos encontramos realmente con Dios. Muchas son las personas que dicen por ahí, yo nunca he sentido a Dios, yo no he podido encontrar a Dios, yo no he podido encontrarme con Dios. Es bueno cuando encuentras a personas que reconocen esta situación. No es buena la situación, pero reconocerla ya es un gran paso; porque reconocer los problemas es el comienzo para resolverlos. Si yo no reconozco un problema que tengo yo no voy a hacer nada para resolverlo y ese problema va a ir creciendo y creciendo hasta que llega el momento en que es prácticamente imposible de solucionar. Es bueno reconocer las situaciones que nos afectan.
Hay quien afirma categóricamente que conoce a Dios, que tiene una relación con Dios, pero con sus hechos la niegan. Las cosa que digo y hago no muestran por ningún lugar la vida de Aquel que murió, que dio la vida para que tú y yo tengamos esperanza, para que podamos presentarnos delante de Dios limpios, sin pecado. Por su inmenso amor. Porque: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. De otra manera: Siendo nosotros pecadores, estando perdidos, irreconciliables con Dios, en ese momento fue que Cristo murió por nosotros. Es fácil sacrificarse por un hijo, por alguien que queremos, pero por un injusto nadie se sacrifica. Nadie se sacrifica por un ladrón, por un borracho. Pero Jesús sí. Eso es amor. Uno puede decir te amo, pero si lo que digo no tiene nada que ver con lo que hago, no tiene ningún significado. Para Jesús eso es importante. Él nos dice: Yo te amo. Pero no son palabras. Es su misma vida derramada, es su cuerpo maltratado voluntariamente por ti y por mí. Que grande, que terrible debió ser la angustia, la agonía, el sufrimiento en la cruz que llegó a exclamar: Dios mío por que me has desamparado. El Padre se apartó y puso sobre Él todo el peso del pecado y permitió que sufriera terriblemente para librarnos a nosotros. Si eso no es amor.
Tú y yo tenemos hoy vida porque Jesús se sacrificó a sí mismo hace casi dos mil años. Tú y yo tenemos esperanza porque Jesús murió en esa cruz. Tú y yo tenemos hoy una razón de ser, un propósito en la vida porque su costado fue traspasado por aquel soldado romano. Tú y yo esperamos su regreso por su iglesia porque nuestro Señor se levantó triunfante de la muerte al tercer día y está sentado a la diestra del Padre en las alturas.
Continuará…
Comentarios recientes