“Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo” (Hch 9. 31).
Esta es una etapa bien linda e importante de la historia de la iglesia. Una etapa donde la iglesia tenía bien claro su propósito y era guiada por el Espíritu Santo. Independientemente de que los nombres conocidos por el público y que han trascendido con el paso de los años por lo que Dios hizo con ellos o por medio de ellos, como Pedro, Santiago, Juan, que eran considerados como columnas, Pablo que venía surgiendo; Judea, Galilea y Samaria, era un territorio demasiado extenso para que estas “columnas” pudieran abarcarlo por si solos. Estos hombres hacían su trabajo, pero el Espíritu Santo guiaba a la iglesia. Muchas congregaciones había en Judea, Galilea y Samaria y fueron apacentadas por muchos otros hombres que no conocemos, que sus nombres no aparecen registrados por la historia pero que se dejaron guiar por Dios, sin protagonismo, sin afán de poder. Apacentaban a la iglesia y se sostenían los unos a los otros.
El Espíritu siempre busca glorificar a Cristo. La iglesia es el cuerpo de Cristo. Y en un cuerpo, los miembros tienen diferentes funciones. No es un hombre haciéndolo todo. Somos todos edificándonos los unos a los otros.
Este versículo por si solo nos muestra varias cosas muy importantes de este período. Las iglesias tenían paz. Una condición no indispensable para que la iglesia crezca y goce de buena salud, porque mientras más perseguida ha estado la iglesia, más ha crecido, más ha buscado al Señor y son iglesia, quienes verdaderamente han dejado que el Señor reine en sus corazones. Pero es indiscutible que tener paz es muy bueno. Si un siervo de Dios, lleno del Señor, en la persecución, en la lucha, está dispuesto a dar su vida si fuera necesario, cuanto más no podría hacer si disfruta de libertad de movimiento. Nosotros hoy tenemos paz. No hay persecución contra nosotros, al menos en nuestro contexto, porque hay lugares del mundo donde si somos perseguidos. Lo más que pudiera pasarnos a nosotros es que alguien se burle de nosotros y nos desprecie por nuestras creencias. No hay dudas con respecto a este punto: Tenemos paz.
Los otros puntos están bien claros. Las iglesias eran edificadas, andaban en el temor de Dios, crecían y eran fortalecidas por el Espíritu Santo. En un cuerpo donde todos los miembros cumplen con su función, la edificación es inevitable. En un cuerpo donde sus miembros tienen temor de Dios, hay sabiduría, hay edificación, hay unidad y hay fortaleza. En un cuerpo que se deja guiar por el Espíritu Santo están todas estas cosas y mucho más. Hay vida abundante, hay gozo, hay crecimiento. El Señor está allí. Lo contrario es un cuerpo muerto, agonizante. Yo sé que tenemos paz, no puedo saber lo demás mucho más allá de lo que ven mis ojos. Está en dependencia de las congregaciones, de sus líderes, de cuan cerca estemos del Señor. Si nos faltan estas cosas, no estamos bien.
¿Puedes identificar en tu entorno la falta de alguna de estas cosas? Si puedes hacerlo, debes luchar, debes hacer lo que debes hacer mejor que nunca. Debes buscar el rostro del Señor. Debes hacer tu parte. Que el Señor te continúe bendiciendo.
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