“…y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch 20. 20, 21).
Que bueno sería que cada vez que pasemos revista de las cosas que hacemos para el Señor, podamos decir como Pablo. Lo he dado todo. Todo lo que ha estado en mis manos lo he dado o lo he hecho para ayudar a la edificación de mis hermanos. Que bueno sería que no tengamos que arrepentirnos porque en algún momento no llegamos a decir lo que debíamos decir. Teníamos una responsabilidad, con las personas de aconsejarles, de cuidarles, de orar por ellos, de interceder por sus vidas, por sus situaciones. Que bueno sería que no tengamos que arrepentirnos por no testificar debidamente de nuestro Señor ante nuestros vecinos y familiares. En ocasiones ellos no ven lo mejor de nosotros, que viene de Dios, a veces solo ven lo peor de nosotros, que viene del viejo hombre que no quiere ceder terreno.
Pablo estaba seguro de que no había perdido el tiempo. Había predicado, había testificado, había enseñado. Pablo se había gastado para que ellos pudieran encaminarse en el evangelio de la gracia, en el conocimiento de Dios, en la relación personal con Dios, para que pudieran seguir solos en la vida cristiana.
Pablo se dirigía a Jerusalén. Sabía, porque había sido advertido, de que le esperaban prisiones y tribulaciones, pero su amistad con el Señor le permitía decir: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hch 20. 24). Y también: “¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús” (Hch 21. 13). Eso es disposición, compromiso, relación. No fanatismo, sino convicciones firmes, basadas en la fe, la esperanza, el amor, la comunión.
Pablo sabía lo que le esperaba, por eso mandó a llamar a los ancianos de Éfeso para explicarle estas cosas. Ya no verían más su rostro, ya no estaría con ellos como cuando se pasó más de dos años enseñándoles. Se iba y sabía que vendrían tribulaciones, sabía que lobos rapaces entrarían en medio del rebaño y no tendrían piedad de ellos. Debían aprender por si solos, y los ancianos debían cuidar el rebaño sobre el que habían sido puestos por obispos. La exhortación esta vigente: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gal 1. 8,9).
Pablo cumplió con su deber, ahora nos toca a nosotros.
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