“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Jn 15. 7). El Señor Jesús dijo estas palabras con total claridad. Y queremos meditar un poquito en ellas. Dios no miente. Ese es un principio fundamental, por lo que podemos estar seguros de que son verdad y de que tienen un significado profundo.
Si conoces a Jesús, le aceptas como Señor y Salvador. Aceptas el sacrificio que hizo por ti hace casi dos mil años en la cruz del Calvario. Si no te apartas de Él y sus enseñanzas son importantes para ti, puedes estar seguro de que lo que le pidas a Dios, será hecho, se volverá una realidad.
Casi seguro de que en algún momento de tu vida has dicho o te han dicho: Si te portas bien te voy a llevar a la playa. Si sacas buenas notas te vamos a comprar una bicicleta. Si hace esto, te voy a dar esto otro. Es un resultado que está condicionado. Depende de que algo suceda para obtener el beneficio. Tal parece que las palabras de Jesús son semejantes. Pidan lo que quieran y lo tendrán si permanecen en mí y hacen lo que yo digo. Esa es una manera algo tosca de decirlo, pero básicamente es lo que dice ese versículo y tenemos que pasar por ahí para llegar a donde queremos llegar.
La Palabra de Dios solo se puede entender efectivamente, más allá de los razonamientos humanos por el Espíritu y por la propia Palabra. Un hombre natural, inteligente, pudiera decir: El Poder más grande de todo el universo dice que si hago lo que Él me enseña puedo pedir todo lo que quiera y me va a ser concedido. Sería realmente tonto llevarle la contraria a lo que Dios dice. Pero la práctica no parece demostrar que estas cosas sean ciertas. Los discípulos de Cristo generalmente han padecido mucho. Los verdaderos discípulos de Cristo la mayoría de las veces han sido como su Maestro: No han tenido donde recostar su cabeza. Y cualquiera pudiera preguntarse: ¿Son ciertas esas palabras? ¿Si permaneces en Jesús y haces lo que Él te enseña puedes pedir lo que sea? La respuesta a esas preguntas es sin lugar a dudas un Sí rotundo. Pero es mucho más difícil de lo que parece.
El Señor no es el genio de la lámpara, que existe para satisfacer nuestros deseos personales, que muchas veces, en dependencia de nuestra madurez cristiana no son todo lo saludables y correctos que deberían ser. Dios tiene un propósito en cada cosa, contigo, conmigo. Si permanecemos con Jesús y sus palabras permanecen en nosotros vamos a comprender por ejemplo que: “…la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc 12. 15). Palabras de Jesús que se olvidan totalmente en ocasiones. Vamos a entender que: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (St 4. 1-3). Perfectamente podemos pedir mal. Perfectamente podemos pedir cosas que no necesitamos, situaciones que no nos hará ningún bien y que no resultarán de bendición para nuestras vidas ni para la de los que nos rodean. Si permanecemos en Jesús aprenderemos: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1Jn 5. 14, 15). Se va aclarando todo ¿verdad? El propósito de Dios no se va a subordinar nunca a los deseos del hombre. Si las peticiones que hacemos son conforme a su voluntad Él nos las dará. Y eso es lo mejor que pudiera pasarnos.
Pero, ¿de nada vale entonces hacer lo que Él dice? Por supuesto que sí, porque si permaneces en Él vas a aprender todas estas cosas. Te vas a acercar cada día más a Él, vas a ver las cosas cada día más como Él las ve, y entonces tus peticiones no van a girar alrededor de bienes y comodidades sino alrededor de las situaciones de tus hermanos, de tus vecinos que no conocen al Señor. Tus peticiones se irán acercando cada vez más a la voluntad del Señor. Tus deseos se parecerán a los de Dios que no quiere que: … ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2P 3. 9). Puede ser que los de afuera te miren y se rían, pero no te importará porque tú sabes a quien le has creído y con toda seguridad estarás experimentando la verdad de las palabras de Jesús. Estarás viviendo como Dios responde y concede tus peticiones. Nos estaremos acercando a Él.
Que Dios te continúe bendiciendo.
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