Depender de Dios: Una necesidad del cristiano.

No tengo la menor duda de que una de las necesidades más grandes que tiene el cristiano en la actualidad es aprender a depender de Dios. En cada uno de los sentidos de la palabra depender. Cualquier cosa que vayamos a hacer depende de Dios. No hacemos lo que mejor nos conviene, hacemos o debemos hacer, lo que el señor quiera que hagamos. Nos subordinamos plenamente al criterio de Dios. Nuestras decisiones, nuestros actos, deben ser acciones sustentadas en su Palabra, en su Sabiduría, en su Propósito.

 Pero también debemos depender de Dios en el sentido de que Él y solo Él es nuestro guardador, nuestro ayudador, nuestro refugio, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones, nuestro socorro, nuestra esperanza, nuestra salvación. Sabemos todas estas cosas. La Biblia lo dice. Las repetimos. Nos emocionan. Nos alegra el corazón. Pero llega el momento de creer. Llega el momento de confiar. Llega el momento en que necesitamos descansar en el Señor. Dejar que tome plenamente el timón para llevarnos a un lugar seguro. Ahí es donde está el problema. No vemos a Dios. No sabemos como está actuando o que es lo que está haciendo. Y no sentirnos parte de ese proceso, de la solución, tiende a desesperarnos. Esa es una de las áreas de mi vida que más trabajo me ha dado subordinar.

Siempre me ha gustado tener el control. No me gusta estar preocupado, prefiero estar ocupado. No creo que eso sea malo, pero hay muchísimas ocasiones en que no nos podemos ocupar porque nada podemos hacer. Pero tampoco debemos estar agobiados por la preocupación. Nada podemos hacer físicamente, pero sí podemos orar, interceder ante el Señor.

Imagina que tienes un grupo de jóvenes a tu cuidado y sabes que sus vidas no están bien. Sabes que el mundo les está atrayendo peligrosamente y que no tienen una relación con el Señor. Estás preocupado. No sabes que hacer. ¿Cuál sería la respuesta adecuada? No los puedes cambiar. Si tienes una obsesión con el control te vas a desesperar inútilmente. Depende de Dios. No dejes de preocuparte. Ocúpate, pero depende de Dios. Lucha por ellos. Junto a ellos si es posible, pero lucha dependiendo de Dios. Sé para ellos un ejemplo que puedan imitar. Ora, clama por ellos, pero deja el control para el Señor.

Depender de Dios es crucial para todo. Tu familia, tu matrimonio, tu ministerio, tu sustento. Son cosas que solo se aprenden con la práctica. De la misma manera que los músculos de fortalecen por medio de los ejercicios físicos. Así también sucede con la fe y la confianza.  “Es,  pues,  la fe la certeza de lo que se espera,  la convicción de lo que no se ve” (Heb 11. 1). La certeza de lo que se espera. Es la seguridad de que algo va a ocurrir. No tienes temor de equivocarte porque Dios no se equivoca. Estás convencido de que aunque no ves la solución, ella existe, o va a llegar en el momento justo.  Las dificultades de la vida te permiten ver a Dios obrar si le dejas hacer, y vas a aprender a confiar. Jesús ha prometido estar contigo todos los días hasta el fin del mundo. Esa es una verdad incuestionable. Muy buena para la salud, tanto espiritual como física.

Dios tiene todos los recursos en sus manos. Si estamos en sintonía con Él nada nos faltará. Armas, oportunidades, respaldo de todo tipo. Seguridad física, emocional, financiera. Depende de Dios. Ejercita tu dependencia. Confía.

Que el Señor te continúe bendiciendo.

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