El mismo Pablo confiesa luego: “Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto” (Hch 26. 9-10). Forzó a blasfemar a los discípulos y los persiguió hasta en las ciudades extranjeras. Podemos no obstante estar seguros de que este hombre hacía lo que hacía porque tenía celo por Dios, porque quería honrar a Dios. No tenía la revelación y para él estaba obrando para la gloria de Dios. Esa es la diferencia con Balaam. El profeta quiso hacerle daño al pueblo de Dios con toda intención para su provecho.
Pablo quería la gloria de Dios. Por eso tuvo un encuentro con el Señor en el camino a Damasco. Pero lo cierto es que en este momento de su vida, el apóstol de los gentiles estaba completamente ciego y para él, su visión era perfecta. ¡Que peligro! Es un problema muy grande. Afortunadamente la Palabra de Dios no se equivoca y nos enseña. La honestidad y la sinceridad Dios siempre las premia. Pablo era un hombre que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por el Señor. A él no le preocupaba su bienestar, su vida misma. El Señor era indudablemente lo primero. Por eso el Señor se le apareció en el camino a Damasco. “Instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel”. Miren que curioso: Al hombre que creía ver claro, el Señor le quitó la vista y estuvo tres días sin comer ni beber. Es como si el Señor dijera: No mires con tus ojos, tus ojos no pueden ver, tus ojos están cerrados. Mírame a mí para que verdaderamente veas la luz, para que veas realmente. El Señor le dice a Pablo: “Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti”. Esa no es la vista normal, no. Es la vista en las cosas que verdaderamente importan, es quitar los ojos de lo material, de las cosas de este mundo. Es acercarnos a Dios con un espíritu humilde y quebrantado, rogándole que nos deje ver, que abra nuestros ojos y nos deje ver. El Señor le dijo a Pablo que lo enviaba a los gentiles “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados”. ¡Que curioso! ¡Que maravilloso! ¡Pablo debía abrir los ojos a los gentiles! Hay muchísimos ciegos en el mundo que necesitan ver. Incluso dentro de la iglesia. Tenemos necesidad de que caigan las escamas de nuestros ojos. No es tiempo para permanecer ciegos creyendo que todo está bien.
Cuba ha tenido muchos campeones en el atletismo. Ciento diez metros con vallas, ochocientos metros planos, el salto alto, con un record mundial de Sotomayor aun vigente. El salto largo. Iván Pedroso fue varias veces campeón en esa especialidad. Dicen que cuando se está aprendiendo el salto de longitud, todo el mundo comete el mismo error: el de mirar la arena donde se va a aterrizar. Con el tiempo se llega a aprender que no hay que mirar la arena, hay que levantar la vista. Con eso se logra un salto más largo. Cuestión de técnica física.
Jesús nos dice: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la ciega. Están ahí, listos para ser recogidos y no los vemos. Muchas veces estamos tan enfocados en nuestras propias vidas que nuestros saltos de fe son tan pequeños. En este tiempo vivimos por fe y no por vista. Debemos acercarnos al Señor con humildad: Sin presumir, como Balaam, que conocía la ciencia del Altísimo. Quebrantados, porque cercano está el Señor a los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu. No podemos presumir que vemos si tan solo percibimos las cosas de este mundo. Debemos procurar ver a Jesús y la visión de su gloria hará que nada más importe.
Pablo no fue rebelde a la visión. Vio a Jesús y eso cambió todo. Enseguida comenzó a predicarlo en Damasco, en Jerusalén, por toda la tierra de Judea, por todas partes. Dios le abrió los ojos a Pablo y esto cambió su vida y la historia.
A Balaam se le mostró la visión. El ángel de la espada desenvainada era una advertencia. No estás bien Balaam. No me estás viendo a mí. Balaam no quiso escuchar. Creyó que tenía los ojos bien abiertos, pero seguía ciego.
En el capítulo 31 de este libro de Números, los hijos de Israel matan a espada a Balaam. Quería la gloria de los hombres y encontró la muerte, en justa retribución por el daño que le había hecho al pueblo de Dios. Estaba ciego.
Pablo logró ver y su vida es un ejemplo para todos nosotros. Enfrentó a la muerte tranquilo. Le dice a Timoteo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”. ¿Añora usted la venida del Señor? ¡Gloria a Dios! Pidámosle al Señor que abra nuestros ojos.
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