Prácticamente todo lo que hacemos está determinado por el calendario. Primero de enero, comienza el año. ¡Qué maravilla! Año nuevo. La gente celebrando. Alegría, emociones, nuevas experiencias. Pero la euforia se acaba. La rutinaria realidad se impone. Trabajo, más trabajo, estudio, más estudio y los días pasan. Nos trazamos metas. Sucede en todas partes. Pero nos interesa muy especialmente en la vida de la iglesia. El cuerpo de Cristo es un organismo vivo, ya sea que estemos hablando de la iglesia universal o de su representación local. Usted conoce con toda seguridad todas las fechas que de alguna manera tienen una repercusión dentro de la vida de la congregación. Día de los enamorados, Semana Santa, Pentecostés, día de las madres, día de los padres, día de acción de gracias, día del maestro cristiano, Navidad. Y muchas otras fechas. A eso súmele también las actividades que se planifican, ya sea retiros, confraternidades y todas sus variantes, más los servicios que todas las semanas se realizan. La agenda está apretada realmente. Vamos de una actividad en otra, de una en otra y el tiempo pasa y el año se termina nuevamente.
Los judíos tenían varias fiestas en el año. Cinco grandes fiestas y dos un poco menores, pero con varios días de duración. Además de muchas ocasiones especiales y los sábados. Ellos eran y todavía son, muy rigurosos en la observancia de estas cosas. En la época en que nuestro Señor llevó a cabo su ministerio, ellos tenían una vida religiosa tal, que celebraban con devoción cada una de estas oportunidades. Rigurosamente cumplían con sus tradiciones. Pero Jesús les aplicó las palabras del profeta Isaías: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí (Mt 15. 8).
Es muy fácil caer en algo que le llamaremos eventismo. Explicaré brevemente. No se trata de prescindir de las fechas que indiscutiblemente nos recuerdan sucesos extraordinarios, de vital importancia, ni siquiera que pasemos por alto nuestro día de cumpleaños. Se trata de no caer en la trampa de la religión, sin la relación. Se trata de seguir siendo la sal y la luz de este mundo tan necesitado. Se trata de emplear nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestras energías para que las personas puedan ver las virtudes de nuestro Señor, las maravillas de la gracia y la misericordia divina. El evangelio llegue a las personas y se convierta en su esperanza. Jesús llegue a sus corazones y los transforme. Ayudemos al Espíritu Santo a convencer al mundo de pecado de justicia y de juicio.
Seguro que has tenido esta experiencia: Meses de ensayo en una obra de teatro (puede ser cualquier manifestación artística) para presentarla en la congregación en una de estas fechas, y todo un éxito, su presentación, pero el resultado nulo, si se tiene en cuenta que tenía un propósito evangelístico y esa noche en el templo, todos los presentes eran cristianos. Pero aplaudimos como si de verdad estuviéramos en el teatro. El montaje, la escenografía, las actuaciones, todo brillante. Que diferencia si esa obra se hubiera presentado en un barrio, de esos difíciles, pero tan repletos de necesitados. O al menos se anunciara con verdaderos deseos por las calles, luego del clamor del pueblo de Dios para que las puertas sean abiertas por el Altísimo.
Es necesario acercarnos a Dios, relacionarnos con Él. Si no tenemos esta relación, las fechas seguirán, los eventos se sucederán, pero perderemos la esencia de la vida cristiana. Que Dios te continúe bendiciendo.
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