La vida es el regalo más precioso que tenemos los hombres. Sin embargo muchos son los que no pueden experimentar esa sensación. Sienten la vida como una carga muy pesada, abrumadora, y llega el momento en que dicen que mucho mejor les fuera de no haber nacido. Es duro cuando alguien piensa de esa manera, porque el Señor diseñó un obsequio, una bendición, para nada una existencia miserable llena de dolor y privaciones. Pero lo cierto es que verdaderamente existen, están ahí a nuestro alrededor, incluso dentro de la iglesia, solo basta con mirar atentamente.
Imagine a una madre que ya pasa de los 70 años y vive sola con un hijo cuarentón que tiene trastornos psiquiátricos. Debe procurar el alimento, lavarle, buscarle sus medicinas. Día tras día. Imagine un matrimonio con un hijo discapacitado, lo quieren pero les limita, les priva de muchas cosas, el matrimonio se resiente, se culpan el uno al otro. Siguen ahí, sobreviviendo, pero sin muchas esperanzas y con un gran dolor. Imagine un muchacho que sus padres se divorcian y lo pasan a un segundo plano, sus necesidades reales no son satisfechas y es maltratado por sus padrastros. Le crean un daño emocional que probablemente arrastre por muchísimo tiempo. Los ejemplos sobran, usted los verá si ha experimentado algo así, o abre los ojos al dolor ajeno.
En el capítulo 8 del evangelio según Lucas (también aparece en Mateo y Marcos), nuestro Señor se monta en una barca y le dice a sus discípulos:“Pasemos al otro lado del lago” Los discípulos no sabían que allí iban a encontrar a un hombre tan esclavizado por el reino de las tinieblas que su vida no era precisamente para envidiar. Cuando desembarcaron, a su encuentro salió un hombre desnudo, todo sucio, lleno de moretones y heridas por todo su cuerpo, gritando. Nadie pasaba por aquel camino porque le tenían mucho miedo, lo habían tratado de sujetar con cadenas y con grillos y no habían podido. Muchos demonios habían entrado en aquel pobre infeliz y lo consumían cada vez más. Nadie tenía solución para él. Pero Jesús cruzó el lago para salvarle… y lo salvó. Este hombre estaba tan agradecido que no quería apartarse de Jesús, pero el Maestro no se lo permitió. “Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo”. Y él cumplió con el mandato del Señor.
Los enfermos terminales, a quienes se les ha diagnosticado una enfermedad para la que no se tiene cura se percatan, a veces demasiado tarde, de lo preciosa que es la vida. Y luchan tanto por vivir. Todo lo que ahora ocurre, es temporal, pero aun así hay tantas cosas bellas que bien vale la pena disfrutarlas con agradecimiento y a la vez regocijarnos porque nuestro Señor un día lo dio todo para rescatarnos de la muerte. Y la revelación de que somos salvos, amados, preciosos y justificados a los ojos de Dios nos debe dejar ver la vida con optimismo, con alegría, listos para contarles a otros cuan grandes cosas Dios ha hecho por nosotros, listos para ser luz y esperanza, sal y aliento para muchas personas que necesitan saber que Dios tiene para ellos el descanso que tanto necesitan, las llaves para ser verdaderamente libres.
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