No cabe duda de que la alabanza puede ser muy hermosa. Seguro que en algún momento te ha pasado que has estado escuchando música cristiana y algún vecino, compañero de trabajo o de estudio ha estado también prestando atención sin que tú lo supieras. En algún momento te dice: ¡Que bonito está eso! Me sentía con tanta rabia, estaba tan disgustado por lo que me ha pasado hoy. Pero desde que empecé a escuchar esas canciones, me siento mucho mejor. La música tiene esas posibilidades. Dependiendo de cómo esté concebida puede animar, exhortar, pero también puede deprimir o enfurecer. Generalmente a las personas que les pasa esto encuentran hermosa la música y la letra de las canciones cristianas. Es una realidad, pero no es de esta hermosura que queremos hablar en esta oportunidad. Queremos hablar de la hermosura que sube como incienso grato para honrar al Rey. Mucho se pudiera hablar. Es la alabanza para el Altísimo, no es cualquier cosa.
Hay una frase que te debe resultar familiar: “Eso es para Dios”. Tal vez el origen de la frase no es malo. Si alguien que no tiene todas las condiciones técnicas o el conocimiento hace algo para el Señor y Dios se regocija, porque lo hizo con el corazón y para Él es agradable; las posibles deficiencias pasan a un segundo plano. Pero sucede que con el tiempo esas palabras se han convertido en algo así como: No es necesario esforzarse tanto porque en definitiva, es para Dios. Habría que esforzarse si se tratara de un espectáculo en un teatro con miles de espectadores. Piensa en esto. ¿Acaso no podríamos tocar o cantar sin ni tan siquiera un espectador humano? Dios estaría presente, escucharía tus canciones, podría también deleitarse en tu alabanza. En la soledad, sin testigos podríamos incluso hacer lo mejor que podemos hacer. Claro que la ministración de la alabanza persigue alabar a Dios y ministrar tanto al Señor como al pueblo, pero eventualmente se podría hacer y con toda seguridad saldríamos ministrados, edificados, bendecidos. El salmo 33. 1 nos dice: “Alegraos oh justos en Jehová; en los íntegros es hermosa la alabanza”. El Señor es nuestra porción, es nuestro tesoro. Lo hemos encontrado y por Él debemos darlo todo si fuera preciso. Cuando digamos: “Es para Dios”; lo digamos plenamente. Es para Dios por eso voy a dar lo mejor de mí. Con un sano equilibrio. Si eres un gran músico pero no eres íntegro, no puedes entonces ser parte de un grupo de alabanza. Si eres íntegro pero no tan buen músico; con la ayuda del Señor irás creciendo poco a poco. Si nuestra mentalidad es: “Lo mejor para Dios porque Él se lo merece”, vamos a crecer y nuestra alabanza será de veras hermosa. Cada día estaremos más cerca del Señor. Que Dios te continúe bendiciendo.
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