Es tan fácil ponernos bravos. Es tan fácil disgustarnos. Es tan sencillo enojarnos con las personas que más cerca tenemos. En un abrir y cerrar de ojos sucede. Estoy pensando salir en la noche a hacer una visita pero mi esposa no quiere porque ha tenido un día duro. Está cansada. Sencillamente quiere quedarse tranquila en casa, disfrutando de la quietud del hogar. Pero no entiendo que no quiera complacerme y me disgusto. No estoy dispuesto a aceptar que tenemos necesidades y que las cosas hay que verlas desde varios puntos de vista.
Estamos sentados mirando un juego de pelota, hay corredores en primera y segunda con un out, la posible carrera de la ventaja en primera. El lanzador hace los movimientos, los corredores salen. La dirección del equipo orientó la jugada de corrido y bateo, pero al salir los corredores el segunda base salió de su posición natural para ir a cubrir en la intermedia. Afortunadamente para él, la conexión salió de rolling por el sitio a donde se había desplazado. La jugada termina en doble play. Se termina el juego y comenzamos a discutir. El juego lo perdió el director. Si no hubiera mandado esa jugada la conexión hubiera sido hit, se habría empatado el juego y pudiéramos haber ganado. La jugada está bien mandada, solo que salió mal y perdimos. Resultado, nos separamos enojados porque pensamos diferente sobre un asunto en el que podemos estar de acuerdo todos, no es importante.
Queremos pintar nuestra iglesia y vamos a comprar la pintura. Unos quieren pintar de rosado, otros de verde claro. Se impone el criterio del verde claro. Los que querían rosado se ponen bravos. En definitiva, no se dan cuenta que de rosado se vería más bonito el edificio.
Seguramente has visto que es mucho mejor llevarse bien en la distancia. Una madre con dos hijos, uno vive junto a ella, el otro vive a 300 km. Jamás discute con el que vive lejos, cuando se encuentran todo es felicidad y armonía. En cambio, el que está cerca, no se pierde una.
Estás haciendo un trabajo donde te estás esforzando en condiciones muy difíciles. Quienes debieran ayudarte te llenan el camino de obstáculos y te vuelven el trabajo más pesado. Te pones bravo.
Siempre estás procurando el bien para tu hermano, Una y otra vez le ayudas, pero él no te corresponde de la misma manera. No te apoya, no te entiende, nunca puede ayudarte y con frecuencia hace cosas que sabe bien que no te gustan. Te enojas y te separas de tu hermano.
Lo curioso de todo esto es que a veces notas a otros hermanos tuyos distanciados de ti, como si estuvieran bravos contigo. Te preguntas por qué están así. ¿Será que están enojados conmigo? Pero ¿por qué?
En la iglesia nos pasa esto. Diferencias en el ministerio, diversidad de opiniones, detalles la mayoría de las veces, nos separan. No nos gusta mucho perdonar y creemos que es legítima nuestra actitud.
Mt 18. 21-22 nos dice: “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. El Señor nos dice claramente que debemos perdonar todas las veces que sean necesarias. Si nos acercamos cada día a la fuente, nos llenamos de su amor, nos deleitamos en su Palabra; no es tan difícil. Se puede sentir una paz tan dulce, tan agradable, cuando dejamos de lado todos los rencores y las desavenencias. Se puede aprender. Jesús dijo: “…aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”.
Comentarios recientes