Salmo 46. 10:
Estad quietos, y conoced que yo soy Dios;
Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.
Dios sabe todas las cosas. Les cuento algo que me sucedió en una ocasión:
Unos días antes de bautizarme iba a llegando a mi casa y noto como las personas me miran de un modo extraño y yo me preguntaba: ¿Qué habrá pasado? Nadie me dice nada y sigo mi camino tratando de no preocuparme siquiera, pero muy pronto me enteraría de lo que había ocurrido. Había caído un trueno en el edificio donde vivo, exactamente sobre la antena de mi casa. No había corriente y ya estaba seguro de que los estragos tenían que ser grandes. Me encargo de reponer la corriente y mientras bajo las escaleras, pensaba que literalmente ese trueno era un regalo del cielo, pero me acordé de Job y dije Señor, haya pasado lo que haya pasado, sea tu nombre bendito. Restablecí la corriente y regresé a verificar los daños. El televisor, nuevo, con solo unos meses de uso pasó a mejor vida, el teléfono, el video, un radio, una lámpara. Uno podría normalmente preguntarse ¿cuál es el motivo de que algo así sucediera? ¿Debía arrepentirme de bautizarme? ¿Debía apartarme? Grandes dificultades había tenido que pasar como para volver atrás. El muchacho que pone la turbina me dijo que no estaba lloviendo, el sol estaba afuera, para añadirle más características especiales. Él miraba por casualidad y aquello fue feo. Una descarga eléctrica de esa magnitud vista de bastante cerca es impresionante. Cayó sobre mi antena y como que se expandió por el resto del edificio. Yo tenía una antena de un equipo de radio, un tubo plástico de poco más de un metro. Desapareció sin dejar rastro. Pero lo valioso es que el Señor sabe lo que hace. En la casa teníamos un botelloncito que preparamos para echarle gas, para cocinar en caso de una emergencia. Sucede que hace algún tiempo, llego a la casa entro a esa habitación y me encuentro el cable de esa antena de que les hablaba enredado en el botellón, alguien la había amarrado al botelloncito para que no se corriera por la ventana. ¡Qué locura! Pensando en los truenos lo desenrollé y puse aparte una cosa de la otra, donde no tuvieran nada que ver. Se imaginan si cuando cae el trueno, ese cable llega a estar como estaba aquel día. Tal vez hubiera sido el primer edificio de nuestro reparto con un costado arrancado. En medio de la tribulación había que darle las gracias a Dios porque permitió lo que se podía permitir, el menor de los males, cosas materiales que se nos vuelven un poco difíciles, pero que no tienen gran importancia y de una forma o de otra tienen solución. El radio se pudo arreglar, el teléfono ni el televisor sirvieron para más nada, pero un amigo me regaló dos o tres teléfonos rotos y armamos uno bueno sin gastar un centavo. De arriba de un escaparate bajé un televisor soviético “Orizón”, que estaba hacía tiempo para darle baja. Estaba roto, y lo pudimos arreglar y se ve bastante bien. En todo momento hay que bendecir al Señor. Pase lo que pase, confiar y esperar en Él; perseverar en Él. Le doy gracias a Dios que tuvo misericordia de mí para ser fiel en esa situación, pero a veces nos pasan cosas que nos sacuden y nos hacen dudar, no entendemos y en el momento de la duda nos ponemos vulnerables y somos más débiles de lo que normalmente somos y estamos propensos a caer. Es necesario estar plenamente consciente de esto porque es una realidad, para cuando llegue el día malo podamos permanecer firmes.
Te invito a que Leas Lucas 7: 18-20: Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos, y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro? Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
Como podemos ver, en este pasaje, la duda y la inseguridad no han sido ajenas a los grandes hombres de Dios. Juan había testificado con toda claridad que Jesús era el cordero de Dios que quita el pecado del mundo y dijo también que era el Hijo de Dios. En otro pasaje Juan le dice yo necesito ser bautizado por ti y tú vienes a mí. ¿Cómo es posible que este hombre, al final de su ministerio le asaltara la duda? Una duda que hacía tambalear toda su fe y todas sus creencias. No estamos ajenos a pasar por esto, con toda seguridad situaciones así se nos presentarán. Si hombres tan grandes como Juan el bautista, de quien nuestro Señor Jesucristo testificó diciendo que de los nacidos de mujer ninguno es más grande que él, pasó por la duda que dejaremos para nosotros. La Biblia dice que por fe andamos no por vista y la convicción es muy necesaria, para que no importe lo que estemos sintiendo. Aunque parezca que el mundo se nos viene encima, que no hay solución, que estamos ahogados, que todo es negro y no vemos más allá, usted manténgase firme y diga: Yo sé a quien he creído, mi socorro viene de Jehová que hizo los cielos y la tierra. Seguramente va a notar como todo mejora; quizás no sea automático, pero va a notar su ayuda y su sostén. Él no nos va a dejar desamparados y usted subirá un escalón en su vida espiritual.
Vamos a seguir un poco la vida de Juan el bautista para tener todos los elementos adecuados sobre el tema. La venida de Juan estaba profetizada desde cientos de años antes. Su trabajo debía ser preparar el camino del Señor, enderezar sus sendas. Juan era pariente de Jesús, le llevaba tan solo unos seis meses de edad. Su linaje tenía cierto prestigio. Su madre era descendiente de Aarón y su padre Zacarías era sacerdote. Fue lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre. Lc 1. 80 dice: “Y el niño crecía y se fortalecía en espíritu y estuvo en lugares desiertos hasta su manifestación a Israel”. Esta es una particularidad importante en la vida de Juan. Su vida no se puede decir que fuera muy placentera. Salvo los momentos de predicación no tenía contacto con la sociedad. Estaba apartado, solo. Dice la Biblia que comía langostas y miel silvestre. Es un dato importante, muy útil, saber que a veces la vida de los hombres de Dios no transita sobre un lecho de rosas, en ocasiones, la mayoría de ellas, es una vida de sacrificio y de servicio abnegado al Señor. Todo ese trabajo tendrá su recompensa si no desmayamos. Juan comenzó a ministrar en el desierto de Judea, a orillas del río Jordán. Predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados, todo en preparación a la venida del Mesías. Su influencia fue molestando poco a poco a las autoridades religiosas y políticas de Israel, hasta que fue apresado y decapitado en la cárcel.
Antes de ser encarcelado tanto él como Jesús enseñaban de Dios. Pero Juan solo preparaba el camino al Mesías, poco a poco la gente le fue dejando, como era natural, para ir a beber de la verdadera fuente. Esto preocupó a sus discípulos. Estás realizando un trabajo y de repente, paralelo al tuyo, alguien comienza a tener éxito y entonces se dan lugar las comparaciones que en nuestro medio son totalmente innecesarias. Todos somos parte del mismo equipo, si alguien da un jonrón o marca un gol, es el equipo quien gana, no la persona. Debemos recordar que no hacemos nada para nosotros mismos, lo hacemos para Dios. Debemos centrarnos en glorificar a Dios y servir al prójimo. Cuando alguien acepta a Jesucristo debemos regocijarnos porque otra alma ha entrado en el reino y jamás preocuparnos por recibir reconocimientos. Esa es una de las lecciones más importantes que nos deja Juan. Vivimos tiempos difíciles, muy difíciles, pero se puede vivir la vida cada día más cerca de Dios, enfrentando con nuestras convicciones cada una de las dudas que tocan a nuestra puerta. Juan fue fiel a sus convicciones. No podía tolerar sin denunciarlo que Herodes el tetrarca estuviera haciendo de las suyas. Juan le dijo a Herodes: No te es lícito tener a la mujer de tu hermano. A los poderosos no les gusta mucho que los censuren. Decir la verdad le costó a Juan la vida.
Juan dudaba, sabía que estaba llegando el fin de sus días y se preguntaba: ¿Habrá valido la pena? ¿Verdaderamente Jesús sería el Mesías? Manda a preguntar a Jesús y el Maestro que sabía la situación de Juan no le recrimina por sus dudas sino lo fortalece: Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio. Para un hombre lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre, estas palabras eran suficientes. Juan podría enfrentar la muerte con valentía. Hoy nuestras vidas, en la mayor parte del planeta, no están en juego, pero las dudas vienen a nosotros y cuando vemos a los jóvenes del mundo contentos, seguros, viviendo a su manera, con aparentemente menos dificultades que nosotros, es necesaria la firmeza y las convicciones. Firmeza y convicciones que solo podemos tener si las recibimos de Dios. Es necesario estar bien cerca del Señor. Solo así podremos enfrentar con éxito todas nuestras dudas.
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