Es emocionante cuando escuchamos hablar sobre los hechos notables de algún personaje histórico famoso, ya sea un gran estratega militar, o un profesional exitoso en cualquier rama de la ciencia o la cultura. Puede ser atrayente una persona con una cuenta bancaria bien abultada y con muchas comodidades en su cotidianidad.
La historia recoge la vida de muchísimos hombres valientes, tanto buenos, como malos. La historia recoge la vida de muchísimos hombres sabios. La humanidad ha logrado cosas grandiosas con su inteligencia, desde la invención de la rueda, que hoy nos parece tan común pero que en su época fue una verdadera revolución, hasta la Internet, los teléfonos celulares y las computadoras, con toda esa enorme cantidad de prestaciones tan valiosas que en ocasiones nos hacen pensar que no podemos prescindir de ellas.
Con frecuencia las personas siguen con atención los movimientos de la gente adinerada, porque tener dinero ofrece un determinado grado de seguridad. El dinero puede determinar que un proyecto se lleve adelante o no, que una determinada actividad se mantenga o no, puede influir de manera importante en la calidad de la alimentación, del vestuario y muchísimas cosas más.
Todos estos elementos que bien pueden caracterizar de alguna manera a los seres humanos, son por lo general buenos. Es buena la valentía. Es buena la sabiduría. El dinero bien administrado es bueno. Es mejor ser valiente que cobarde. Es mejor la sabiduría que la necedad. Es mejor tener dinero que no tener. No hay dudas de que son cosas buenas. Sin embargo el Señor se toma el trabajo de descalificarlos.
El Señor no piensa como nosotros. Sus caminos son más altos que nuestros caminos, sus pensamientos son más altos que nuestros pensamientos, tanto como más altos son los cielos que la tierra. Nuestros análisis, nuestros juicios, nuestras apreciaciones están limitados a lo que somos, a lo que hemos vivido, a lo que hemos visto, a lo que hemos experimentado.
La lectura y la meditación en el libro del profeta Jeremías es una bendición para nuestras vidas. Muy necesaria, obligatoria podríamos decir con toda seguridad porque la palabra del Señor nunca pierde su vigencia y en los días que estamos viviendo es tan clara, tan rica, tan especial.
En el capítulo 9 de este libro el profeta nos muestra dos versículos muy precisos (23 y 24): Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová. ¡Que palabra! Todas estas cosas que normalmente nos parecen buenas son menos que nada. Todas estas cosas que provocan la admiración de las personas, que tan solo unos pocos privilegiados poseen plenamente, son menos que nada, porque hay algo mucho más excelente, mucho más bello, mucho más valioso. Entender y conocer al Señor, ese si es un buen motivo para sentirse contento, dichoso, ese si es un buen motivo para sentirnos verdaderamente especiales, para sentirnos parte de la obra más importante de todos los tiempos.
La invención de la rueda, de la luz eléctrica, del teléfono; las grandes campañas militares de Julio Cesar, Napoleón y muchos otros; las cuentas bancarias de Bill Gates, la reina de Inglaterra y tantos que tienen muchísimo dinero, que parecen muy prestigiosos, muy importantes, que son seguidos por millones para ver lo que hacen, lo que dicen, lo que piensan. Por muy prestigiosos que parezcan, tanto los hombres y mujeres célebres de épocas pasadas, como los contemporáneos, su vida, su obra, no tiene la menor comparación posible con la vida, los hechos, las obras de nuestro Señor. Conocer al Señor, entender al Señor, su misericordia, su justicia, su juicio, conocer a aquel que hizo los cielos y la tierra y los sustenta por medio de la palabra de su poder, ese si es un buen motivo para gloriarse, para sentir satisfacción.
La época que le tocó vivir al profeta Jeremías fue una época muy difícil. Una época muy parecida a la actual, donde las personas no tienen bien claros los límites entre lo bueno y lo malo. Constantemente se le llama a lo malo, bueno y a lo bueno, malo. El Señor se queja de esta manera en el versículo 3 del propio capítulo 9: Hicieron que su lengua lanzara mentira como un arco, y no se fortalecieron para la verdad en la tierra; porque de mal en mal procedieron, y me han desconocido. Lo curioso de esto es que ellos eran una nación religiosa. Ofrecían sacrificios a Dios, celebraban todas las fechas claves, no se les olvidaba ninguna. Tenían profetas que hablaban de parte de Dios todo el tiempo. Pero no conocían a Dios y Dios no les había hablado, ellos iban tras los deseos de sus propios corazones.
Era muy difícil conocer a Dios en los tiempos de Jeremías. Hoy es otra cosa. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer. El camino hacia el Señor hoy está despejado. Jesucristo es el camino. Conocer a Jesús cambia las vidas, aprender de Jesús las transforma, seguir a Jesús nos lleva cada vez más cerca del Altísimo. Solo en Cristo están escondidos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Solo en Cristo habita corporalmente la plenitud de la Deidad.
El enemigo de la iglesia hace de todo porque desviemos la mirada de Jesús y la pongamos en el mundo, en sus famosos, en todas estas personas que han logrado cosas significativas y corremos el riesgo de que aun estando dentro de la iglesia, asistiendo a los cultos, celebrando todas las fechas importantes, nuestra mirada esté puesta sobre aquello que parece ser espectacular y dejamos de lado a Jesús y a su evangelio. Sin Jesús seríamos muy semejantes al pueblo que Jeremías le profetizaba.
La mayoría de los seres humanos no tienen vidas espectaculares. Los años pasan y pasan, solo sobreviviendo. Pero la vida del cristiano no tiene que ser así, porque aunque humilde, padeciendo muchas veces, aparentemente olvidados, si vamos en pos del Cordero, conociendo al Señor cada día un poquito más, podremos verdaderamente gloriarnos en el Señor. Aunque nuestro cuerpo se vaya desgastando, el hombre interior se renueva de día en día. Aunque no seamos famosos y de nosotros nadie hable, vivir para servir al Señor, para conocer al Señor, para entender al Señor, produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria que nada ni nadie nos podrá arrebatar.
Abr 28
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